Lo primero que se escucha en Turr4zo, el flamante álbum de Trueno,es la imponente y dramática intro de la orquesta dirigida (y arreglada) por el contrabajista Jorge López Ruiz, un paisaje instrumental de “Facil de olvidar”, compuesta por Sandro junto a Oscar Anderle. Es una grabación de 1969 incluída en Sandro de América y es el primero de una larga lista de sampleos que va de la Orquesta de Osvaldo Pugliese a Los Wachiturros, de Facundo Cabral a Gustavo Cerati, de Luis Alberto Spinetta a Los Pibes Chorros. También desfilan Los Abuelos de la Nada, Cuti y Roberto Carabajal, Astor Piazzolla, el Chaqueño Palavecino, MIranda! y Los Encargados. La argentinidad al palo, o un nuevo ejercicio de regionalismo crítico en una saga discográfica que proyecta el espíritu, los sonidos y la idiosincrasia del barrio al lenguaje del hip-hop.
Hablemos de la narrativa, uno de los términos preferidos en la industria del entretenimiento (especialmente en el ámbito musical): el hilo conductor del cuarto disco de Mateo Palacios Corazzina, el artista nacido y criado en el barrio porteño de La Boca, emblema de la Comuna 4, tiene que ver con su propia historia. Es el momento en que el rapero para la pelota, mira para atrás y reflexiona sobre el camino recorrido. Lo hace, siempre, desde una mirada que lo conecta con sus raíces.
Es un pequeño tratado sobre las experiencias de un joven veterano que, desde que lanzó el seminal Atrevido (2020), experimentó un ascenso exponencial, pero constante. El artista cachorro que salió al mundo, recorrió Europa y buena parte del continente americano, grabó y rapeó en vivo con Gorillaz, y volvió para contarla. Signo de los tiempos, con apenas 24 años Trueno tiene un extenso y prolífico camino detrás de sus espaldas, y aquí profundiza en lo que nunca perdió: la búsqueda de la identidad.
El hip-hop está en su ADN, igual que el barrio. El hilo conductor de ese sonido ecléctico, fruto de la producción compartida junto a El Guincho (productor español, colaborador de Rosalía en El mal querer) y Tatool, socio del rapero xeneise desde su primer álbum. El fragmento orquestal que da inicio a “Con el combo”, que es la apertura del disco, es la calma que anticipa un huracán. Unos pocos compases que abren la puerta para que Trueno despliegue su flow: “El barrio reclama, mami, la cima me llama”, enuncia Trueno, que rapea como si estuviera gambeteando. Hay un clima futbolero, potenciado por los coros que parecen de los de una hinchada, y el característico estilo combativo del artista.
Con intro tanguera y pulsión caribeña, “X unas llantas” es el abordaje de Trueno del merengue dominicano que refleja el sueño el anhelo aspiracional de los chicos del barrio por unas zapatillas como símbolo de estatus, y un guiño en la letra a “Por una cabeza”, el clásico tango de Carlos Gardel y Alfredo Lepera. Construido a partir de “Tirate un paso”, el hit de 2011 de Los Guachiturros, “Turrazo” define su costado bailable y festivo, que funciona como la reivindicación del sexteto, cuyo éxito fugaz forma parte de un imaginario generacional.
La pulsión folclórica encuentra en Milo J un aliado para inyectarle energía hip-hopera al 6×8. El tema se llama “Pumas” y tiene como leitmotiv el verso “No soy de aquí, ni soy de allá”, el emblemático tema de Facundo Cabral, que retrata el sentir de los migrantes, un canto para esos expatriados que el uruguayo Jaime Roos retrató en clave de murga en “Los Olímpicos” (1981).
“Zombi”, con samples de “Puente” (de Gustavo Cerati) y “Por” ( que Luis Alberto Spinetta publicó en Artaud) ostenta cierta atmósfera melancólica, que contrasta con el aura dance de “Estilo sudaka”, construida a partir de un sample de “El latinazo” (que Rubén Rada grabó en 1983, en su debut en el estadio Obras, registrado en el superlativo La cosa se pone negra) y “Bailando sola” una inyección de dem bow con los ecos de “Palmas arriba” de Los Pibes Chorros. “90’s” su feat. con María Becerra, que plantea un hipotético regreso a la última década del milenio pasado, está montado sobre un sample de “Orbitando”, el tema que abre Silencio, el primer y único disco de Los Encargados, editado en 1986, y es un ejercicio de pop-rock.
Rubén Rada reaparece en el álbum, en este caso ya no sampleado, sino a modo de feat., en un tema en el que Trueno rinde homenaje al ala oriental de su familia. “Uruguay” está en sintonía musical con la flamante relectura del candombe que Jorge Drexler hizo en Taracá y con Balta, el ascendente músico uruguayo, que Jorge eligió como uno de los productores de su nuevo álbum. La letra es un comprimido pintoresquismo que incluye coros de murga, habla de Luis Suárez, de Nacional y de Peñarol.
“Nunca transa, ni buchón, mis palabras valen oro sin tener que usar los grillz”, dice Trueno en “Grillz”, una amistosa batalla dialéctica con Neo Pistea sobre el uso de accesorios de oro en la cultura del rap y el trap. “Delivery freestyle” es un regreso a la plaza, a la era de las batallas, montado sobre samples de Astor Piazzolla y el Cuti y Roberto Carabajal.
A la imponente lista de feats. se suma Andrés Calamaro, en un nuevo aporte a la historia del hip-hop en la Argentina: fue a comienzos de los 90 que Dante Spinetta lo convocó para producir el primer disco de IKV. Como se estaba yendo a España, Andrés reclino la oferta pero le regaló discos de Run-D.M.C. y LL Cool J. Andrés se suma para revisitar “Mil Horas”, el hit de Los Abuelos de la Nada, reinventado (y continuado) en clave de hip-hop.
“Rain IV” es la cuarta entrega de una saga, que en este caso toma forma de carta de amor a sus padres y a sus ancestros, una autobiografía en clave de freestyle. El cierre del álbum es melancolía pura. Pity Álvarez le habla a Trueno y habla con flow, como si estuviera rapeando. Una canción de redención sobre el rasgueo casual de una guitarra, sobre la estela de una melodía de piano que se desvanece. Trueno se suma al tarareo de Pity, en un momento de crudeza, intimidad y conexión que provoca un extraño magnetismo.
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