Lo primero que hace bien Daredevil: Born Again es aceptar algo que Marvel llevaba años intentando evitar. El abogado ciego Matt Murdock (Charlie Cox), no pertenece a un universo luminoso lleno de chistes autorreferenciales y batallas digitales sin peso emocional. Pertenece a los callejones húmedos, a la corrupción institucional, a la culpa católica y a la violencia física que deja cicatrices. La serie entiende eso desde el comienzo y por eso se siente muchísimo más cercana al gran noir criminal de los setenta y noventa, así como al cómic que revitalizó Frank Miller, que al tono plastificado de buena parte del MCU reciente.
Se nota muchísimo la influencia de series criminales como The Sopranos o The Wire y del cine urbano tipo Serpico o King of New York. Wilson “Kingpin” Fisk (Vincent D’Onofrio) ya no es únicamente un mafioso gigantesco; es un animal político aprendiendo a convertir el miedo social en poder institucional. Su ascenso como alcalde de Nueva York funciona porque la serie comprende perfectamente cómo las sociedades cansadas terminan abrazando figuras autoritarias que prometen orden y mano dura.
D’Onofrio está sencillamente monumental. Cada escena suya transmite peligro y amenaza. No necesita levantar la voz constantemente. Le basta caminar, respirar o quedarse quieto para generar tensión. Su Fisk posee algo muy raro en este tipo de producciones y es una humanidad real. El personaje ama genuinamente a su esposa Vanessa (Ayelet Zurer), una mujer tan corrupta como él, cree honestamente que puede salvar la ciudad y, al mismo tiempo, es capaz de destruir vidas enteras sin pestañear. Esa contradicción vuelve mucho más aterradora su presencia.
Charlie Cox sigue siendo el corazón absoluto de la serie. Nadie ha interpretado tan bien el agotamiento emocional del héroe urbano contemporáneo. Al igual que Bruce Wayne, su contraparte de DC, Matt Murdock parece vivir permanentemente dividido entre la fe, la rabia y la necesidad de castigo. Y la serie acierta al recordar constantemente que también es abogado. Los episodios judiciales son de lo mejor que ha producido Marvel televisión en años porque convierten la lucha moral del personaje en algo más complejo que simplemente golpear criminales.
Karen Page recupera además la importancia emocional que nunca debió perder. Deborah Ann Woll sigue siendo fundamental porque Karen representa la humanidad que Matt intenta conservar desesperadamente. Y la muerte de Foggy (Elden Henson) se convierte en el trauma que termina contaminando toda la serie.
Y luego aparecen los superhéroes Jessica Jones (Krysten Ritter), The Swordsman (Tony Dalton), White Tiger (Kamar de los Reyes), Punisher (Jon Bernthal) y otros sobrevivientes del universo Netflix, no como cameos vacíos para provocar aplausos automáticos, sino como piezas naturales de una ciudad que empieza lentamente a unificarse otra vez. La serie entiende que esos personajes compartían un mismo ecosistema urbano antes de que Marvel fragmentara todo en productos inconexos. De hecho, fueron un grupo conocido como The Defenders, que inclusive tuvo su propia serie y que probablemente regrese ya que se anunció la presencia de Luke Cage y Iron First para la tercera temporada.
Aun así, en medio de tantos personajes viejos y nuevos, se extraña muchísimo a Rosario Dawson. Claire Temple era una pieza fundamental del viejo universo Netflix porque representaba compasión, humanidad y cansancio real frente a tanta violencia. Su ausencia deja un vacío emocional que la serie nunca termina de llenar completamente (a propósito, ¿dónde está Elektra?).
Resultan muy efectivos los otros antagonistas que orbitan alrededor de Fisk. Matthew Lillard aporta una energía peligrosamente ambigua como Mr. Charles, una figura vinculada a operaciones políticas y de inteligencia que expande el conflicto más allá de Hell’s Kitchen y que conecta la serie con estructuras de poder todavía más turbias. Wilson Bethel continúa construyendo un Bullseye absolutamente desquiciado (más que el de Colin Farrell en la primera película sobre el superhéroe protagonizada por Ben Affleck, y eso ya es mucho decir). Probablemente este es el enemigo más impredecible de toda la serie, luego de Fisk. Estamos hablando de un hombre convertido literalmente en arma humana cuya violencia parece surgir de traumas imposibles de reparar y que reta a Matt Murdock, un católico empedernido, a encontrar el verdadero significado del concepto de perdón.
Margarita Levieva termina teniendo un arco muchísimo más oscuro e interesante de lo que parecía inicialmente; Heather Glenn pasa de ser un interés romántico relativamente convencional a una figura psicológicamente fracturada por la violencia (encarnada por el villano Muse) y la manipulación emocional del universo que la rodea. Por su parte, Arty Froushan compone a Buck Cashman como ese tipo de operador silencioso y elegante que recuerda mucho a los grandes ejecutores del cine mafioso clásico: hombres capaces de organizar atrocidades sin alterar jamás el tono de voz. Y Hamish Allan-Headley aporta una presencia inquietante dentro de la maquinaria policial y paramilitar que rodea al régimen de Fisk, reforzando esa sensación de ciudad lentamente tomada por estructuras autoritarias.
También hay que hablar de Michael Gandolfini, excelente como Daniel Blake, el protegido político de Fisk. El personaje funciona casi como reflejo de cómo opera el poder corrupto, con jóvenes seducidos por figuras autoritarias que les ofrecen propósito, cercanía y sensación de importancia. Gandolfini tiene además esa misma capacidad heredada de su padre para transmitir inseguridad y amenaza al mismo tiempo.
La primera temporada de Born Again tardó un poco en encontrar equilibrio. Se sienten las cicatrices de la reestructuración creativa que sufrió la producción, la cual retoma la serie original de Netflix de tres temporadas y treinta y nueve episodios. En algunos momentos, vuelve a caer en la trampa de su predecesora y de las series Jessica Jones, Luke Cage, The Punisher y especialmente Iron Fist, y es que algunos episodios avanzan con demasiada lentitud y ciertas subtramas dan muchos rodeos y terminan sintiéndose innecesarias. Pero cuando finalmente encuentra dirección, especialmente alrededor del conflicto entre Fisk y Murdock, la historia despega con muchísima fuerza.
La segunda temporada es donde todo explota realmente. La ciudad convertida prácticamente en un estado policial bajo la Task Force (léase ICE), le da a la serie una dimensión mucho más oscura y desesperada. Aquí ya no se trata solamente de héroes contra criminales. Se trata de resistencia civil, abuso institucional y paranoia política. Hay momentos donde la serie se acerca peligrosamente a comentarios demasiado evidentes sobre la realidad contemporánea (léase Trump), pero incluso ahí mantiene una rabia auténtica y una postura política que el MCU casi nunca posee.
Además, la violencia alcanza niveles que Disney parecía incapaz de permitir hace apenas unos años. Huesos rotos, sangre, cuchillos atravesando cuerpos, cabezas que explotan y peleas filmadas con una brutalidad física real. Los showrunners Justin Benson y Aaron Moorhead entienden que Daredevil funciona mejor cuando el espectador siente el cansancio y el dolor en cada combate.
No todo funciona. Algunas tramas siguen siendo débiles, ciertos diálogos políticos resultan demasiado grandilocuentes y ocasionalmente la serie quiere abarcar más de lo que puede manejar (¿dónde están los demás superhéroes del universo Marvel cuando Nueva York está bajo un Estado de sitio?). Pero incluso en sus momentos menos sólidos, Born Again posee algo que muchísimas producciones de superhéroes perdieron desde hace tiempo: Subtexto y personalidad.
Aquí hay miedo, deseo, culpa, xenofobia, manipulación política, corrupción gubernamental y personajes emocionalmente destruidos intentando sobrevivir en una ciudad igualmente rota. Y eso la convierte en una de las mejores cosas que Marvel ha producido en muchos años.
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