Después de ganar el Óscar por el escalofriante documental Navalny, Daniel Roher debutó en la ficción con una película pequeña, íntima y sorprendentemente cálida. Tuner parte de una premisa que sobre el papel parece absurda: Un afinador de pianos con hiperacusia descubre que su extraordinario oído también le permite abrir cajas fuertes. Sin embargo, la película tiene la inteligencia suficiente para entender que ese no es el verdadero centro de la historia.
Lo que realmente importa es la relación entre Niki White (Leo Woodall) y Harry Horowitz (Dustin Hoffman), dos afinadores de pianos unidos por una ironía casi perfecta. Mientras Niki escucha demasiado y vive obligado a protegerse del ruido constante del mundo, Harry comienza a perder el oído que lo convirtió en uno de los técnicos más respetados de Nueva York. La película encuentra en esa contradicción su mejor idea dramática.
Woodall continúa demostrando que es uno de los actores jóvenes más interesantes surgidos en los últimos años. Después de llamar la atención en The White Lotus, Prime Target y Bridget Jones; Mad About The Boy, aquí abandona parte del magnetismo seductor que lo hizo famoso para construir un personaje mucho más vulnerable. Niki es un hombre que parece vivir permanentemente incómodo dentro de su propia cabeza, escuchando sonidos que nadie más percibe. El actor logra transmitir esa ansiedad sin necesidad de exageraciones.
Pero quien termina robándose la película es Dustin Hoffman. A sus 88 años conserva intacta la capacidad de dominar una escena con apenas una mirada o una línea de diálogo. Harry podría haber sido el típico mentor gruñón y sabio que tantas veces ha aparecido en el cine, pero Hoffman lo convierte en alguien mucho más humano. Es divertido, terco, cariñoso y profundamente consciente de que el tiempo se le está acabando.
Las mejores escenas ocurren cuando ambos personajes simplemente trabajan. Afinando pianos, recorriendo Manhattan en una vieja camioneta o compartiendo conversaciones aparentemente intrascendentes, casi siempre sobre Jazz. Ahí es donde la película encuentra una naturalidad que resulta difícil de fabricar.
El problema aparece cuando la historia intenta convertirse en un thriller criminal muy similar al la estupenda serie Your Friends And Neighbors. Los problemas económicos de Harry, más la llegada de Uri (Lior Raz) y la posibilidad de utilizar el talento de Niki para abrir cajas fuertes introduce un conflicto que nunca alcanza la misma fuerza que la relación central. No ayuda que varios giros resulten previsibles y que algunas situaciones exijan una suspensión de la incredulidad bastante generosa.
Tampoco termina de funcionar del todo la subtrama romántica entre Niki y Ruthie (Havana Rose Liu). Aunque ambos actores tienen química y la película construye con sensibilidad su primer encuentro, la relación parece existir más para cumplir con ciertas convenciones narrativas que por una verdadera necesidad dramática.
Aun así, Tuner logra sostenerse porque entiende algo fundamental: los personajes importan más que la trama. Daniel Roher dirige como si los hermanos Safdie hubieran encontrado la virtud de la paciencia, sin caer en el exhibicionismo formal, permitiendo que los actores respiren y que los pequeños momentos adquieran peso propio. La película nunca busca impresionar con grandes golpes de efecto; prefiere apoyarse en emociones sencillas y relaciones creíbles.
Algunos elementos criminales parecen sacados de una película distinta y el desenlace apuesta por una resolución más complaciente de lo que la historia merecía. Pero incluso cuando tropieza, Tuner conserva una cualidad cada vez más escasa: resulta genuinamente agradable pasar tiempo con sus personajes. Su mayor virtud es recordar que una película puede ser modesta, imperfecta y aun así profundamente encantadora.
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