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Crítica: El botín (The Rip)

Joe Carnahan nunca ha sido un director interesado en la pulcritud. Desde la estupenda Narc, pasando por la adrenal Smokin’ Aces, la visceral The Grey y la delirante Boss Level, su cine trabaja con cuerpos cansados, violencia directa y personajes que se mueven por impulsos más que por discursos. En El botín, Carnahan se recupera de la terrible Shadow Force y vuelve a su territorio con una historia que podría sonar conocida (policías, un botín imposible de ignorar, una unidad fracturada desde dentro), pero que se sostiene por el modo en que observa a sus personajes cuando la confianza empieza a resquebrajarse.

La premisa de El botín parte de una situación clásica del cine sobre policías corruptos (un operativo antidrogas que se sale de control) para tensarla hasta convertirla en un estudio sobre lealtad, codicia y paranoia institucional. Un escuadrón de narcóticos descubre una suma obscena de dinero durante una redada y, a partir de ahí, cada gesto, mirada y silencio se vuelven sospechosos. 

La cinta bebe de un hecho real ocurrido en 2016, cuando el entonces sheriff del condado de Miami-Dade, Chris Casiano, encabezó una operación que terminó con la incautación de más de 20 millones de dólares ocultos en una vivienda. Aunque la película se toma libertades narrativas (no hubo una conspiración interna como la que plantea el guion), el caso real aporta una base tangible: la magnitud del botín, la presión inmediata por decidir qué hacer con él y la fragilidad ética que emerge cuando la ley se enfrenta a una tentación desmedida. Carnahan convierte ese punto de partida en un juego donde la pregunta no es quién es culpable, sino cuánto tarda un sistema en resquebrajarse cuando el dinero entra en escena.

El centro emocional de la cinta está en la relación entre los policías interpretados por los amigos en la vida real Matt Damon y Ben Affleck que aquí vuelven a reunirse. Damon construye a Dumars como un hombre marcado por la pérdida, alguien que parece funcionar en automático mientras arrastra un duelo que no se verbaliza. Como es costumbre, el actor no fuerza el drama sino que lo deja filtrar en silencios, miradas largas y pequeñas acciones, razón por lo que su saga de The Bourne Identity funciona tan bien. 

Ben Affleck, en cambio, interpreta a Byrne como pura fricción. Hay enojo, orgullo herido, testosterona, sombras del Caballero Oscuro y una necesidad constante de medir fuerzas con su compañero y con su hermano agente del FBI (un Scott Atkins desperdiciado), incluso cuando eso pone todo en riesgo. La película avanza gracias a ese choque, más que por los giros del guion.

Carnahan entiende, como lo hizo John Huston en El tesoro de la Sierra Madre, que el verdadero conflicto no es el dinero, sino lo que este activa. Cada personaje del escuadrón tiene un motivo distinto para dudar, para observar al otro con distancia, para recalcular su lugar dentro del grupo. 

Steven Yeun siempre está al borde de desbordarse, mientras que Teyana Taylor (One Battle After Another) y la colombiana Catalina Sandino Moreno (María llena eres de gracia) funcionan como contrapesos morales, personajes que leen el ambiente antes de actuar, conscientes de que cualquier error puede ser irreversible. Sasha Calle, la actriz también colombiana que nos sorprendió como Supergirl en la infravalorada The Flash, introduce en la mujer que custodia el dinero, una vulnerabilidad inesperada que humaniza una trama dominada por armas y sospechas.

La cámara de Juan Miguel Azpiroz, colaborador frecuente de Carnahan, privilegia el claroscuro, los espacios cerrados y las casas que se sienten como trampas y calles donde la amenaza nunca se anuncia del todo (con ecos de Trespass, ese maravilloso remake noventero de El tesoro de la Sierra Madre dirigido por el maestro Walter Hill y protagonizado por Ice-T y Ice Cube). La acción aparece con contundencia, pero sin convertir cada secuencia en un espectáculo aislado. Carnahan sabe dosificar y coreografiar la violencia de una manera experta para que tenga impacto y peso narrativo y no se convierta en ruido.

El guion no esquiva los lugares comunes del cine policial, y en más de un tramo se siente la presión del formato Netflix con diálogos que repiten información y escenas diseñadas para mantener la atención fragmentada del espectador que no puede dejar a un lado su dispositivo celular. Aun así, El botín logra mantener un pulso firme porque no pierde de vista lo esencial: cómo se erosiona una amistad cuando la duda se instala y nadie quiere ser el primero en bajar el arma.

Hay también un eco interesante fuera de pantalla. El acuerdo de Artists Equity para repartir beneficios entre el equipo técnico contrasta con el universo moral de la cinta, poblada de traiciones, ambición desmedida y cálculos individuales. Esto añade una capa irónica que dialoga con el tema central.

El botín no reinventa el thriller policial ni lo pretende. Su mérito está en tomar una estructura conocida y llenarla de rostros, tensiones y heridas reconocibles, especialmente en estos tiempos de crisis económica. Es cine de género hecho con oficio y sostenido por actores que entienden que, a veces, una mirada cargada dice más que cualquier explosión.

Tráiler: 

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