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Crítica: El pasajero del diablo (Passenger)

Con la espeluznante Lost Highway, David Lynch nos recordó que hay algo profundamente cinematográfico en el terror en la carretera. La sensación de avanzar hacia ninguna parte, atrapado en kilómetros infinitos de asfalto, siempre ha sido terreno fértil para el horror. Por eso películas como The Hitcher siguen siendo insuperables, porque entendían que el verdadero terror no era solo el monstruo, sino la soledad, el aislamiento y la imposibilidad de escapar. Algo similar ocurría con Jeepers Creepers, aquella pesadilla grotesca que convertía una autopista vacía en un infierno rural.

Por eso duele ver el nombre de André Øvredal asociado a Passenger y descubrir una película tan rutinaria. Es una lástima, porque el director noruego ha demostrado antes ser uno de los autores del género más interesantes de los últimos años. Troll Hunter transformaba el falso documental en una criatura folclórica gigantesca y fascinante. En la muy efectiva Scary Stories to Tell in the Dark, producida por el maestro Guillermo del Toro, combinó criaturas memorables, imaginación visual y un auténtico espíritu de horror juvenil. The Autopsy of Jane Doe fue una obra escalofriante de tensión claustrofóbica. Incluso la cinta vampírica The Last Voyage of the Demeter tenía momentos visuales extraordinarios y un verdadero amor por el horror gótico. Y es que Øvredal sabe manejar atmósferas, silencios y espacios oscuros mejor que la mayoría de los directores contemporáneos. Pero Passenger nunca termina de arrancar.

La premisa tenía potencial. Una pareja abandona Nueva York para abrazar la fantasía romántica de la vida en la carretera a lo Nomadland y termina siendo perseguida por una entidad sobrenatural en medio de carreteras interminables. Sobre el papel, parecía una mezcla prometedora entre horror moderno, ansiedad existencial y pesadilla americana. El problema es que la película jamás logra desarrollar una mitología convincente ni personajes lo suficientemente interesantes como para preocuparnos por ellos. Todo se siente extrañamente familiar.

Øvredal intenta compensarlo con sustos constantes, y algunos funcionan. Hay un manejo sólido del sonido, de las sombras y de la expectativa visual. Una escena utilizando un proyector portátil mientras se reproduce Roman Holiday tiene incluso una belleza espectral genuina. Pero esos momentos aparecen aislados dentro de una película demasiado obsesionada con el sobresalto fácil y la explicación a medias. El monstruo se parece al predicador de la infame Poltergeist II combinado con un espectro descartado por los esposos Warren de The Conjuring. Y en el cine de terror, un ente tan derivativo suele matar el miedo.

Además, la película sufre un problema grave, ya que nunca entendemos realmente las reglas de aquello que persigue a los protagonistas. Hay referencias al folclore de los vagabundos y sus símbolos extraños, a la iconografía cristiana (San Cristóbal protector de los conductores) y una especie de maldición ambulante, pero nada termina de conectarse. Y ahí es donde inevitablemente vuelven a aparecer las comparaciones molestas.

Jeepers Creepers funcionaba porque el monstruo era genuinamente aterrador incluso antes de comprenderlo del todo. Su sola presencia contaminaba la película. Y The Hitcher sigue siendo el rey absoluto del horror en carretera porque entendía que el mal podía ser puro, inexplicable y omnipresente. Rutger Hauer no necesitaba mitología ni exposiciones interminables. Bastaba con su mirada para convertir la autopista en un purgatorio. Passenger jamás alcanza ese nivel de pesadilla, ni siquiera le llega a los talones a la escabrosa y agreste Wrong Turn.

Jacob Scipio y Lou Llobell hacen lo posible con unos personajes escritos de forma superficial y el guion nunca les permite convertirse en personas reales. Son más vehículos narrativos que seres humanos. Y cuando una película de terror falla en hacerte sentir algo por sus protagonistas, el miedo empieza a evaporarse rápidamente.

Øvredal sigue teniendo sentido del oficio. Algunas composiciones nocturnas son excelentes y sabe cómo transformar una carretera vacía en un espacio hostil. Pero el cine de terror necesita más que habilidad técnica. Necesita obsesión, atmósfera y personalidad. Passenger tiene destellos, pero nunca termina de abrazarlos por completo y los pocos que tiene son tan desperdiciados como la actriz Melissa Leo.

Queda la sensación de haber visto una película diseñada por un algoritmo para llenar un vacío de la cartelera. Passenger es apenas competente, olvidable y desesperadamente incapaz de generar el impacto enfermizo de los grandes clásicos del subgénero. Una carretera larga, oscura y visualmente atractiva… que no lleva absolutamente a ninguna parte.

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