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Crítica: Entre 2 aguas

En Chinatown, Roman Polanski convirtió el agua en una maquinaria de poder silenciosa, una corriente que definía quién dominaba la ciudad y quién quedaba condenado a la sed. Entre 2 aguas recoge ese impulso y lo traslada a un territorio donde la paradoja es punzante. Un país atravesado por ríos donde el acceso al agua sigue siendo un privilegio negociado. Aquí no hay sequía como fatalidad natural. Hay administración, corrupción y negocio.

La película de Carlos Gabriel Vergara (Huellas, Esto se calentó), se articula desde un conflicto que no se disfraza de metáfora. Moisés, interpretado por Nelson Camayo, no es un héroe en construcción sino un hombre ya comprometido con una estructura de poder que conoce demasiado bien. Viene de la escasez, de cargar agua antes del amanecer, de entender el líquido como sobrevivencia. Y ahora habita el otro lado: el de quienes regulan, negocian y restringen.

Ese desplazamiento es el verdadero núcleo dramático. No se trata solo de descubrir una red que mercantiliza el agua como plantea la premisa, sino de enfrentarse a la evidencia de que el ascenso social puede estar construido sobre la negación de la propia historia.

Camayo entiende eso con una contención precisa. Su Moisés es un cuerpo atravesado por tensiones de memoria y presente, lealtad y culpa, comodidad y ruptura. Es aquí donde respira la película. A su alrededor, Ana Harlem y Angélica González no funcionan como figuras ornamentales, sino como extensiones de un entorno social donde el poder no siempre tiene rostro, pero sí consecuencias.

Vergara construye la narrativa en capas temporales (niñez, juventud, adultez) como si el personaje fuera tres versiones de sí mismo atrapadas en distintas estaciones emocionales. La infancia, seca y luminosa; la juventud, impulsiva; la adultez, fría, casi mineral. Ese diseño no es caprichoso. Es una manera de entender cómo se forma un verdugo sin dejar de ser víctima.

Cuando la película se instala en esos recuerdos en la caminata, en el pozo y en el gesto cotidiano de buscar agua, encuentra su verdad más contundente. Porque ahí el conflicto deja de ser político y se vuelve corporal.  El problema aparece cuando el relato se desplaza hacia el thriller más convencional. En su intento por expandir el alcance hacia estructuras de poder más amplias, incluso globales, la película adopta códigos reconocibles de giros previsibles que contrastan con la sobriedad de sus momentos más íntimos. No rompe la película, pero sí la vuelve intermitente.

Esa oscilación entre memoria, denuncia y género no siempre se articula con la misma precisión. Hay fragmentos donde la fragmentación enriquece y otros donde dispersa. Pero incluso en esa irregularidad, el eje permanece intacto: el agua nunca es decorado. Es el conflicto mismo. Uno donde la sed no es ausencia de agua, sino consecuencia de quién decide abrir o cerrar la llave.

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