El cine de Gregg Araki nunca ha tenido demasiado interés en comportarse bien. Sexo, violencia, drogas, identidades queer, relaciones destructivas y jóvenes convencidos de que el fin del mundo podría llegar antes del desayuno recorren películas como Totally F**ed Up, The Doom Generation y Nowhere, aquella trilogía de los noventa que convirtió al director en una de las figuras esenciales del llamado New Queer Cinema. Incluso cuando bajó algunas revoluciones en los dramas oscuros como las magistrales Mysterious Skin o White Bird in a Blizzard, el sexo continuó siendo una forma de entender a sus personajes y no un accesorio destinado a escandalizar.
Doce años después de su último largometraje, Araki regresa con I Want Your Sex, y lo curioso es encontrarlo de mucho mejor humor y haciendo referencia a una canción de George Michael. Este es un Araki más cercano a la ligereza sexual de Splendor que al nihilismo de The Doom Generation, y por momentos parece estar conversando directamente con John Waters. No solo por su gusto por personajes que consideran a la normalidad como una enfermedad bastante aburrida, sino por esa capacidad de convertir el sexo en comedia sin volverlo necesariamente solemne o estúpido.
La película también pertenece a una tradición de comedias sexuales que entienden que el erotismo puede ser divertido, perturbador y revelador al mismo tiempo. Algo de Secretary, con Maggie Gyllenhaal y James Spader, aparece en la relación de dominación y sumisión entre sus protagonistas, aunque Araki la lleva hacia terrenos mucho más farsescos. Y algo de Waters, especialmente Pecker y A Dirty Shame, sobrevive en su voluntad de reírse de cualquier intento por reglamentar el deseo.
Elliot (Cooper Hoffman) tiene 23 años, pocas certezas profesionales y una vida sexual prácticamente inexistente (eso si sacamos a la masturbación de la ecuación). Su novia está demasiado ocupada con sus estudios (ajá) para interesarse por él, mientras su mejor amiga funciona como confidente asexual de sus frustraciones. Gracias a su amigo gay, Elliott consigue trabajo en el estudio de una artista conceptual que reconoce rápidamente en su nuevo asistente algo más interesante que sus capacidades laborales.
Erika Wilde (Olivia Wilde) es rica, dominante, provocadora y perfectamente consciente del poder que ejerce sobre quienes la rodean. La actriz la interpreta como si la Jennifer Aniston de Horrible Bosses hubiera abandonado la odontología para dedicarse al arte conceptual y hubiese decidido convertir el acoso laboral en una instalación permanente. Erika ordena, seduce, humilla y provoca a Elliot, quien descubre que trabajar para ella incluye obligaciones que probablemente no aparecían en la descripción del puesto.
Alrededor de Elliot están los cuatro personajes que ayudan a definir su desconcierto sexual sin quitarle espacio a la relación central. Minerva (Charli XCX), su novia y estudiante de medicina, parece mucho más interesada en su carrera que en acostarse con él, una elección de reparto bastante divertida tratándose de la autora de Brat. Apple (Chase Sui Wonders), su amiga y compañera de apartamento, mantiene con él una intimidad sin sexo que Erika no tarda en intentar alterar; Zap (Mason Gooding), su compañero del estudio representa el extremo contrario, alguien que vive su sexualidad sin demasiadas complicaciones; y Vikktor (Daveed Diggs), el asistente de Erika con pose de Basquiat, quien ya ha visto pasar a otros Elliot por el lugar, es quien le advierte que no confunda sentirse elegido con ser especial.
La dinámica de la cinta tiene un origen interesante. Karley Sciortino, coguionista de la película, concibió originalmente la historia a partir de una relación BDSM que mantuvo cuando era joven con un editor mayor que ella. El proyecto comenzó a desarrollarse hace más de una década con los géneros invertidos. Ahora no es el hombre quien ocupa la posición de poder y la mujer ya no es la joven subordinada. Después del movimiento #MeToo, Araki comenzó a sentirse incómodo con aquellas imágenes primigenias y decidió darle la vuelta a la relación. El cambio terminó haciendo la película bastante más interesante.
Porque I Want Your Sex no se limita a invertir los géneros para repetir exactamente la misma historia. Araki utiliza a Erika para preguntarse qué sucede cuando el poder sexual, económico y profesional está en manos de una mujer, y hasta dónde puede llegar una relación consensuada cuando una de las partes controla prácticamente todas las reglas. La película se divierte con esas contradicciones sin convertirse en una conferencia sobre ellas.
También hay una provocación generacional. Erika considera a los jóvenes actuales reprimidos, temerosos y excesivamente preocupados por establecer límites para todo. Elliot, en cambio, pertenece a una generación que ha aprendido a discutir consentimiento, identidad y relaciones mediante un vocabulario que a ella le parece casi incompatible con la espontaneidad. Araki, un director queer que a sus 66 años sigue interesado en dislocar al público, contempla esa distancia con una mezcla de preocupación y burla.
No siempre tiene razón, y afortunadamente la película tampoco necesita demostrar que la tenga. Su defensa de equivocarse, enamorarse de la persona incorrecta o meterse voluntariamente en relaciones desastrosas puede parecer la protesta de alguien formado en una época muy distinta, pero también conecta con una obsesión que atraviesa toda su filmografía. Descubrir quién eres implica hacer algunas cosas que probablemente después preferirías no contar.
Wilde se entrega por completo al juego. Después de dirigir y protagonizar la estupenda farsa sexual The Invite este mismo año, encuentra aquí un personaje completamente opuesto y demuestra nuevamente una facilidad notable para la comedia. Erika podría haberse convertido en una caricatura de dominatrix sofisticada, pero Wilde le añade suficiente inseguridad y necesidad de reconocimiento para revelar que detrás de su control existe también una mujer desesperada por decidir cómo quiere ser vista.
Hoffman funciona como su complemento perfecto. Si en Licorice Pizza ya había demostrado una extraña combinación de seguridad y vulnerabilidad, aquí aprovecha su aspecto de muchacho confundido para convertir a Elliot en alguien que parece haber entrado voluntariamente en una película para la que nadie le entregó el guion. El sexo entre ambos resulta menos erótico que cómico, y esa parece ser precisamente la intención.
Araki aprovecha además para burlarse del mundo del arte contemporáneo, sus fortunas familiares, sus aduladores y la facilidad con la que cualquier disparate puede adquirir solemnidad cuando se coloca dentro de una galería. En ese sentido, I Want Your Sex recuerda por momentos a la ya mencionada Pecker, esa sátira de Waters sobre la industria artística y su capacidad para apropiarse de cualquier cosa que considere novedosa.
La presencia de Johnny Knoxville como uno de los detectives que interrogan a Elliot refuerza involuntariamente la conexión. El antiguo integrante de Jackass ya había participado en A Dirty Shame, y verlo aquí intentando mantener la seriedad mientras investiga una historia cada vez más absurda parece casi un pequeño saludo entre dos generaciones de cineastas especializados en ofender a las personas políticamente correctas. Margaret Cho, como su compañera, entiende igualmente que cuanto más en serio interpreten ambos policías semejante disparate, más divertido resulta.
La investigación surge de una estructura que comienza con Erika flotando desnuda en una piscina y Elliot cerca del lugar, una referencia nada discreta a Sunset Boulevard. A partir de allí, la película reconstruye las semanas anteriores y mezcla comedia sexual, sátira artística y misterio criminal sin interesarse demasiado por convertirse realmente en un whodunit. El cadáver es el gancho; el sexo sigue siendo el asunto principal.
No todo funciona con la misma precisión. Araki plantea preguntas interesantes sobre consentimiento, abuso de poder y las responsabilidades dentro de una relación BDSM, pero su deseo de mantener la película ligera hace que algunas queden apenas insinuadas. En ocasiones parece dispuesto a enfrentarse seriamente a las consecuencias de las manipulaciones de Erika, solo para escapar mediante otro chiste antes de que la controversia se instale.
Pero esa ligereza también constituye buena parte de su encanto. I Want Your Sex no pretende recuperar al Araki apocalíptico de los noventa ni competir con la oscuridad de sus primeras cintas. Es una comedia sexual descarada, colorida y conscientemente ridícula hecha por un director que todavía considera al sexo como un excelente método para complicarle la existencia a sus personajes.
Araki vuelve menos furioso pero no domesticado. Y en una época en la que el cine comercial parece cada vez más renuente frente al sexo, resulta divertido comprobar que él todavía tiene ganas de hablar del tema, reírse de él y, de paso, generar risas nerviosas a unos cuantos.
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