Noticias Rolling Stone Magazine

Crítica: Kokuho: El alma del kabuki

El teatro kabuki, una de las formas más antiguas y estilizadas del arte escénico japonés, se sostiene sobre la paradoja de la representación extrema de lo artificial para alcanzar una forma de verdad. Dentro de esa tradición, los onnagata (actores hombres especializados en interpretar personajes femeninos desde el siglo XVII), encarnan quizá su expresión más radical. No se trata de imitar a la mujer, sino de construir una idea de lo femenino que existe solo en el escenario, una belleza ritualizada, ajena a lo cotidiano.

También te puede interesar:

Kokuho, dirigida por Sang-il Lee (La luna errante, Villano), se instala en ese universo con una base poco común en este tipo de relatos, por lo menos en occidente, y es una investigación prolongada, compleja y directa sobre el mundo que retrata. La novela original de Shuichi Yoshida se nutre de tres años de trabajo del propio autor tras bambalinas como kurogo (asistente vestido de negro que “desaparece” en escena), una experiencia que le permitió observar de primera mano la dinámica interna del kabuki. Esa precisión se traslada a la película, que nunca se siente como una reconstrucción, sino como una inmersión, algo que evoca al magnífico épico biográfico Mishima: A Life In Four Chapters, de Paul Schrader.

La historia sigue a Kikuo Tachibana (Ryo Yoshizawa), un joven marcado por un origen violento (es hijo de un yakuza), que es integrado en una familia de actores y formado dentro de una tradición donde el linaje define el destino. A su lado crece Shunsuke Ogaki (Ryusei Yokohama), heredero legítimo de esa dinastía. Lo que se establece entre ambos no es solo una rivalidad, sino una tensión constante entre talento y herencia, mérito y pertenencia, amistad y rivalidad, hermandad y homoerotismo.

Los dos personajes están construidos desde una fisicidad rigurosa que sostiene toda la película. No es algo casual, ya que ambos actores se prepararon durante 18 meses en danza y movimiento kabuki antes del rodaje, un proceso poco habitual incluso dentro del cine japonés. Esa disciplina se percibe en cada gesto, en la precisión del cuerpo y en la forma en que habitan el escenario, pero también revela algo más: el desgaste, la exigencia y el costo físico y emocional de ese tipo de entrega. La presencia de Ken Watanabe como Hanjiro Hanai, el mentor, refuerza esa idea de transmisión casi brutal del conocimiento. Aquí el arte no se enseña con delicadeza, sino con exigencia extrema, como si cada generación tuviera que pagar un precio para sostener la anterior.

La película de casi tres horas de duración, recorre varias décadas y se mueve entre el escenario y la vida privada de sus personajes. En el primero, todo es control, precisión y belleza calculada. Fuera de él, lo que aparece es vacío, distancia y la incapacidad de sostener vínculos. Es en ese contraste donde Kokuho encuentra su verdadero tema. No es solo la historia de dos actores, sino la de una forma de vida donde la identidad termina absorbida por la representación. Kikuo, en particular, parece existir únicamente cuando actúa. Fuera del escenario, su presencia es más difusa, casi inaccesible.

Visualmente, la película apuesta por esa dualidad. El trabajo de cámara de Sofian El Fani (La vida de Adéle) se detiene en los rostros maquillados (la cinta estuvo nominada al Óscar al Mejor maquillaje), en las texturas (la dirección de arte de Yohei Taneda, colaborador de Tarantino en Kill Bill y The Hateful Eight, es de un preciosismo sublime), y en la transformación del cuerpo en signo (¡atención, semiólogos!). El kabuki aquí no se presenta como un espectáculo exótico, sino como un sistema complejo que exige control absoluto. 

Hay momentos donde la ambición del proyecto juega en su contra. La duración y los saltos temporales generan ciertos desajustes en el ritmo, y algunas decisiones dramáticas resultan más enfáticas de lo necesario. Aun así, la película mantiene su fuerza gracias a la claridad de su mirada. No hay idealización del arte, pero tampoco distancia. Lo que propone es algo más psicológico, al plantear que convertirse en “tesoro nacional” (en japonés, “kokuho”), implica desaparecer como individuo. Y es que Kokuho entiende que el arte, en su forma más pura, no es conciliador. Es una forma de vida que exige todo y devuelve muy poco fuera del escenario.

The post Crítica: <i>Kokuho: El alma del kabuki</i> appeared first on Rolling Stone en Español.

This website uses cookies so that you have the best user experience. By continuing to browse, you are giving your consent to the acceptance of said cookies and the acceptance of our cookie policy. Click the link for more information.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Enable Notifications OK No thanks
MUZICON

FREE
VIEW