El cine de Paolo Sorrentino siempre ha vivido en la tensión entre lo sublime y lo decadente, entre la contemplación estética y la ironía moral. Heredero evidente de Federico Fellini en su gusto por el exceso, lo grotesco y lo onírico, Sorrentino ha construido una filmografía obsesionada con el vacío que deja el poder, el paso del tiempo y la imposibilidad de encontrar sentido en medio del espectáculo de la vida. La Grazia retoma esas preocupaciones, pero lo hace desde un lugar más contenido y melancólico, donde la gran pregunta no es ya cómo vivir, sino qué hacer con lo que no se puede saber.
La película sigue a Mariano, presidente de Italia, un hombre que ha construido su vida sobre la rectitud, la ley y la certeza. En la superficie, es una figura de orden, casi impenetrable. Pero al acercarse el final de su mandato y, simbólicamente, de su vida, esa solidez empieza a resquebrajarse. Dos decisiones lo atraviesan: firmar una ley sobre la eutanasia y conceder indultos en dos casos moralmente ambiguos. Ambas cuestiones funcionan como detonantes éticos, pero Sorrentino no está realmente interesado en el debate político. La eutanasia aquí no es un tema, sino un pretexto, una forma de hablar del control, del final y de la imposibilidad de decidir con certeza sobre la vida y la muerte.
Lo que realmente desestabiliza a Mariano es algo mucho más íntimo: la sospecha de que su esposa, ya fallecida, le fue infiel décadas atrás. Esa duda, banal en apariencia frente al peso de sus responsabilidades públicas, se convierte en el centro emocional de la película. Y ahí Sorrentino encuentra su eje en un hombre que ha dedicado su vida a establecer verdades jurídicas y que se enfrenta, por primera vez, a una verdad imposible de comprobar. La duda lo desarma más que cualquier crisis política.
En ese sentido, La Grazia es una película sobre el amor entendido no como una certeza, sino como un misterio. Mariano no busca pruebas sino consuelo. Pero el mundo que habita, hecho de leyes, protocolos y decisiones firmes, no tiene espacio para lo incierto. La ironía es clara. Quien ha vivido dictando verdades no sabe cómo habitar una pregunta sin respuesta. Y es ahí donde la película encuentra una belleza inesperada. No en resolver la duda, sino en acogerla.
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Sorrentino articula este conflicto a través de una serie de pasajes cuidadosamente compuestos, donde lo solemne y lo absurdo conviven. Hay una clara huella felliniana en estas escenas conformadas de ceremonias oficiales que rozan lo ridículo, momentos de introspección que se vuelven espectáculo, imágenes que parecen suspendidas entre lo real y lo imaginado. Pero a diferencia de sus obras más exuberantes, aquí hay una contención que le da al conjunto un tono más crepuscular. La Roma que filma no es solo monumental, sino también silenciosa, casi vacía, como si el poder ya no tuviera eco.
El reencuentro con Toni Servillo es clave. El actor no interpreta a Mariano desde la grandilocuencia, sino desde la grieta. Su rostro, su economía gestual, su forma de habitar el silencio construyen un personaje que parece sostenerse apenas. Es un hombre que escucha más de lo que habla, que observa más de lo que actúa y que reflexiona más de lo que decide. Y en esa pasividad aparente se revela su crisis. No es que no quiera decidir, es que ya no cree del todo en la validez de sus decisiones.
La película también juega con la idea de la “gracia” como algo inasible. No es redención en un sentido religioso ni una solución narrativa. Es más bien una posibilidad, una intuición de que hay algo en la belleza, en el arte o en lo cotidiano, que puede dar sentido incluso cuando las respuestas no llegan. De ahí las imágenes que parecen desconectadas de la trama. Un gesto, una canción de Hip Hop, la introducción de 5 Minutes of Acid, una cajetilla de cigarrillos, un astronauta en el espacio cuyas lágrimas flotan. Sorrentino sugiere que la gracia no se encuentra resolviendo, sino soltando y aceptando los misterios de la vida.
La Grazia es una película que privilegia la atmósfera sobre la progresión dramática. Su narrativa es difusa y la duda, así como el amor que son dos de sus núcleos, se vuelven estancamiento y redundancia. Mariano no cambia tanto como se desplaza dentro de su propios celos e incertidumbre.
Pero quizás esa sea la intención. Sorrentino no busca una transformación clásica, sino una aceptación. No hay resolución porque no puede haberla. La vida, parece decir la película, no se organiza en términos de respuestas, sino de preguntas que aprendemos a tolerar.
La Grazia no es una obra tan contundente como La gran belleza, tan humana como Juventud ni tan política como Il Divo, pero sí es una película más íntima y vulnerable. Una reflexión sobre el final de una carrera, de una vida y de una certeza, que encuentra en la duda no un problema, sino una forma de belleza.
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