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Crítica: Moscas

Al igual que Jim Jarmusch y Aki Kaurismäki, Fernando Eimbcke siempre ha entendido que el cine puede construirse a partir de gestos mínimos. En Temporada de patos, su gran carta de presentación, encontraba humor, melancolía y extrañeza en un departamento casi vacío, dos adolescentes aburridos, una vecina y un repartidor de pizza. Con Moscas, el director mexicano regresa a esa escala íntima, pero lo hace desde un lugar emocional más grave. La película conserva su gusto por la observación seca, los planos estáticos, las rutinas y el humor silencioso, aunque ahora todo parece atravesado por una tristeza que no necesita grandes discursos para sentirse.

La historia nos muestra a Olga, interpretada por una extraordinaria Teresita Sánchez, una mujer que vive sola en un edificio de departamentos de la Ciudad de México. Su rutina está marcada por pequeñas molestias: las moscas que invaden su sala, el ruido de los vecinos cuando hacen el amor, el elevador que no funciona, el dinero que no alcanza. Eimbcke presenta su mundo con precisión quirúrgica, pero sin crueldad. Olga no es simplemente una mujer amargada. Es alguien que ha organizado su vida para evitar el contacto con los demás, como si la distancia fuera la única forma posible de mantenerse en pie.

Ese orden se altera con la llegada de Tulio (Hugo Ramírez), y su hijo Cristian (Bastián Escobar). Vienen de fuera de la ciudad y necesitan hospedarse cerca del hospital donde la madre del niño recibe tratamiento contra el cáncer. Como Olga solo renta una habitación para una persona, Tulio oculta inicialmente la presencia de Cristian, hasta que la situación se vuelve imposible de sostener. Lo que sigue podría haber sido una fórmula sentimental bastante conocida, la del niño luminoso que ablanda a la adulta solitaria. Pero Eimbcke evita casi siempre la trampa del golpe emocional fácil.

La fuerza de Moscas está en su paciencia. La película no fuerza la relación entre Olga y Cristian, la deja aparecer poco a poco. Al principio, ella lo tolera. Luego lo vigila. Después lo acompaña. Finalmente, sin darse cuenta, empieza a cuidarlo. Ese tránsito está trabajado con una delicadeza notable, especialmente gracias a Teresita Sánchez, que no necesita enfatizar nada para mostrar cómo se van resquebrajando las defensas de su personaje. Su actuación está llena de gestos pequeños: una pausa antes de responder, una mirada sostenida, una forma distinta de ocupar el mismo espacio.

Bastián Escobar es otro gran hallazgo. Cristian no es un niño diseñado para enternecer al público, sino un niño real: curioso, insistente, evasivo, a ratos agotador y a ratos desarmante. Vive una situación que todavía no comprende del todo y por eso busca refugio en lo inmediato: un videojuego de arcade, una conversación con un trabajador del hospital, la fantasía de que si insiste lo suficiente podrá ver a su madre. La película observa con mucha claridad cómo los niños procesan el miedo antes de poder nombrarlo.

El blanco y negro de la fotógrafa María Secco sirve para quitarle ruido visual al relato y concentrar la atención en los espacios, los cuerpos y la luz. El departamento de Olga parece detenido en el tiempo, mientras que la calle y el hospital aparecen como lugares de tránsito, espera y desgaste. El trabajo sonoro también resulta esencial. El zumbido de las moscas, los ruidos del edificio, los sonidos electrónicos del videojuego y el murmullo urbano construyen una atmósfera donde la vida exterior siempre está intentando entrar.

La película habla del duelo como también habla de la precariedad cotidiana, de los hospitales como territorios de espera, de la gente que llega a la ciudad para cuidar a alguien enfermo y termina viviendo entre habitaciones rentadas, pasillos y comidas rápidas. Eimbcke no necesita hacer evidente esa dimensión social. Le basta con observar los rostros, la ropa, los desplazamientos y las conversaciones interrumpidas.

Enrique Arreola como Isaac, el trabajador del hospital, establece una complicidad breve pero significativa con Cristian. Su presencia conecta la película con el universo anterior de Eimbcke y refuerza esa idea de que, incluso en medio de situaciones durísimas, pueden aparecer formas inesperadas de ternura.

Moscas es una película modesta solo en apariencia. Su ambición no está en la escala, sino en la precisión. Eimbcke filma a personas que no saben cómo pedir ayuda y a otras que no saben todavía cómo despedirse. Lo hace con humor, austeridad y con una confianza absoluta en los silencios. El resultado es una obra hermosa y persistente, de esas que no buscan conmover a la fuerza, pero terminan quedándose mucho tiempo después de haber terminado.

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