El folk horror contemporáneo vive atrapado en una contradicción bastante evidente. Nunca había existido tanta fascinación por los rituales paganos, los pueblos aislados y los traumas hereditarios, pero al mismo tiempo rara vez aparecen películas verdaderamente originales dentro del género. Después de las obras maestras The Witch de Robert Eggers y Midsommar de Ari Aster, algunos directores comenzaron a copiar la simbología, las atmósferas y las estructuras narrativas, creyendo que bastaba con filmar bosques húmedos y mujeres sufriendo para construir una cinta de horror sofisticada.
Motherwitch se mueve peligrosamente cerca de ese territorio, aunque logra sostenerse gracias a una identidad visual bastante poderosa y a su conexión con una mitología poco explorada por el cine. La historia transcurre en Chipre en 1882, durante el comienzo del dominio colonial británico sobre la isla. Eleni (Margarita Zachariou), una pintora devastada por la horrible muerte de sus hijos, empieza a obsesionarse con antiguos rituales capaces supuestamente de devolver la vida a los muertos. Lo que inicialmente parece desesperación maternal termina convirtiéndose en algo muchísimo más oscuro cuando libera accidentalmente a los Kalikantzari, criaturas monstruosas del folclor griego y chipriota asociadas al caos, la destrucción y el inframundo.
Lo más interesante de la película aparece precisamente en cómo utiliza las leyendas locales reales en lugar de reciclar otra vez los mismos demonios cristianos o cultos genéricos del horror occidental contemporáneo. Los Kalikantzari poseen algo realmente inquietante porque no funcionan exactamente como monstruos tradicionales. Son entidades vinculadas al invierno, a la corrupción espiritual y a fuerzas antiguas imposibles de controlar completamente. El director Minos Papas aprovecha muy bien esa idea para construir una película donde el horror parece surgir directamente de la tierra, de las supersticiones rurales y de una religiosidad deformada por siglos de miedo colectivo.
Visualmente, la película está extraordinariamente trabajada. Jack McDonald filma a Chipre como si fuera un territorio condenado con sus casas de piedra húmeda, cuevas iluminadas apenas por el fuego, las montañas cubiertas de niebla y los pueblos donde cada rostro parece esconder siglos enteros de miedo, ira y superstición. La fotografía trabaja muchísimo con las sombras naturales y las velas, evitando la estética limpia y artificial de tanto horror digital contemporáneo.
Además, Papas claramente entiende algo fundamental y es que el horror folclórico funciona mejor cuando el paisaje parece espiritualmente enfermo incluso antes de que aparezcan las criaturas. En ello ayuda mucho la actriz Margarita Zachariou, quien sostiene muy bien el centro emocional de la película. Su Eleni transmite desesperación auténtica. Nunca interpreta el duelo desde la histeria exagerada; más bien parece una mujer vaciada lentamente por la culpa y el dolor. Eso vuelve mucho más perturbadora su caída progresiva hacia rituales prohibidos y obsesiones necrománticas.
También resulta fundamental el pequeño Michalakis (Sifis Katsoulakis), quizá el personaje más trágico de toda la película. El niño funciona como una especie de reflejo inocente de Eleni: otra víctima atrapada dentro de una comunidad dominada por la violencia patriarcal. Papas lo utiliza además para conectar el horror sobrenatural con algo mucho más doloroso y real, el abuso infantil y el abandono emocional dentro de estructuras familiares profundamente dañadas. Katsoulakis interpreta al personaje con una naturalidad impresionante, evitando completamente ese tono artificial típico de muchos niños actores en el cine de terror. Y precisamente por eso sus escenas terminan siendo de las más inquietantes y emocionalmente devastadoras de toda la película.
Athos Antoniou interpreta a Kaeemis, el padre de Michalakis como una presencia verdaderamente aterradora, precisamente porque nunca necesita transformarse en monstruo sobrenatural para producir miedo. El personaje representa esa violencia masculina rural transmitida casi como herencia cultural con sus hombres endurecidos por la pobreza, la religión y la frustración que convierten la autoridad familiar en un mecanismo constante de humillación y control. Antoniou lo interpreta con una sequedad brutal; habla poco, observa mucho y cada aparición suya deja la sensación de que algo horrible puede ocurrir en cualquier momento. Lo interesante es que Papas jamás intenta justificarlo psicológicamente ni convertirlo en simple villano. Es un hombre destruido interiormente que reproduce violencia porque fue criado dentro de un mundo donde la ternura masculina prácticamente no existe. Y justamente por eso sus escenas con Michalakis terminan siendo más perturbadoras que los momentos sobrenaturales de la película.
Kounappis, interpretado por Miltos Yerolemou, funciona como una especie de intermediario entre el mundo racional y las viejas creencias paganas que atraviesan la película. Nunca queda del todo claro si realmente comprende la naturaleza de los Kalikantzari o si simplemente aprendió a convivir con el miedo ancestral que domina la aldea. Miltos Yerolemou lo interpreta con una calma casi espectral. Habla poco, observa constantemente y parece cargar décadas enteras de supersticiones, secretos y culpa colectiva sobre los hombros. Papas jamás lo convierte en el típico sabio del horror rural; Kounappis transmite más bien la sensación de un hombre agobiado por vivir demasiado cerca de fuerzas que nadie debería intentar entender completamente.
Desafortunadamente, la película evidencia muchos de los vicios del terror elevado contemporáneo. Hay momentos donde Papas parece demasiado preocupado por construir imágenes “importantes” y simbólicas. Mujeres cubiertas de barro, sangre mezclada con leche, animales muertos, cánticos rituales, partos agrestes. Todo está hecho con muchísimo talento visual, pero ocasionalmente uno siente que la película intenta convencer al espectador de su profundidad a través de acumulación estética más que mediante verdadera complejidad dramática. Y mientras más avanza, más evidente se vuelve la sensación de iteración.
Otra vez la maternidad asociada al horror. Otra vez el trauma hereditario. Otra vez el deseo cumplido convertido en maldición. Otra vez las mujeres atrapadas dentro de estructuras religiosas y sociales opresivas. Otra vez los rituales rurales filmados con solemnidad litúrgica. Todo está muy bien ejecutado, pero cuesta sacudirse la sensación de haber transitado antes por territorios parecidos en películas mejores.
Aun así, Motherwitch funciona bastante mejor que muchos intentos recientes del género porque Minos Papas sí sabe construir atmósfera y tensión visual. Hay secuencias realmente potentes relacionadas con los Kalikantzari moviéndose apenas en los márgenes del cuadro, como presencias deformes nacidas directamente de las pesadillas campesinas ancestrales. Y cuando la película finalmente abraza completamente el horror corporal y sobrenatural durante el último acto, alcanza imágenes genuinamente perturbadoras.
Quizá Motherwitch no reinvente el folk horror contemporáneo, pero al menos recuerda algo que muchas películas recientes olvidaron y es que el miedo emerge orgánicamente cuando parece surgir de creencias antiguas que existieron mucho antes de nosotros.
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