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 Crítica: Paris Opera Ballet: El parque (Le Parc)

En el ballet clásico, el amor suele presentarse como destino. Dos cuerpos se encuentran, la música se eleva y el mundo parece ordenarse alrededor de ese instante. Angelin Preljocaj, en cambio, sospecha de esa simplificación. Su obra Le Parc, creada en 1994 para el Ballet de la Ópera Nacional de París, parte de una intuición distinta: el amor no es un momento, sino un proceso lleno de códigos, estrategias y silencios.

Inspirado en la literatura libertina y sentimental del siglo XVIII, desde La Princesse de Clèves de Madame de Lafayette hasta Les Liaisons dangereuses de Choderlos de Laclos, Preljocaj imagina un jardín aristocrático donde los personajes no solo bailan sino negocian, seducen, resisten y finalmente se entregan.

El parque del título no es un simple decorado. Es un territorio simbólico, una especie de laboratorio emocional donde las reglas sociales organizan el deseo. Todo parece geométrico y perfectamente ordenado, pero bajo esa simetría se agita una fuerza más caótica: la atracción entre los cuerpos.

La coreografía dirigida por Yannis Pouspourikas juega precisamente con esa tensión. Sus bailarines alternan entre la elegancia del gesto clásico y una fisicidad más contemporánea. Los movimientos pasan de la formalidad casi ceremonial a explosiones de intimidad que rompen la etiqueta. El resultado es una especie de ritual coreográfico de seducción.

El ballet se despliega como una serie de juegos amorosos: miradas furtivas, carreras, encuentros aparentemente casuales, resistencias teatrales. El deseo no surge de inmediato; se construye lentamente, como si cada gesto fuera una pieza más en un complicado mecanismo sentimental.

El ballet de Preljocaj utiliza un vocabulario coreográfico relativamente austero, pero lo explota con inteligencia. La repetición de ciertos movimientos (carreras, giros, aproximaciones y retiradas) crea una sensación de danza social donde cada gesto tiene significado.

La música de Mozart aporta una ligereza engañosa a ese universo. Sus composiciones, llenas de claridad y equilibrio, parecen representar la armonía ilustrada del siglo XVIII. Pero esa serenidad se ve interrumpida por un paisaje sonoro contemporáneo donde aparecen murmullos, viento, hojas y risas lejanas. Ese contraste sonoro introduce una grieta temporal. Este es un ballet que habla del pasado, pero también del presente.

En el fondo, Le Parc es una obra profundamente marcada por su época. Creada en los años noventa, durante el auge de la crisis del sida, el ballet reflexiona sobre el deseo con una mezcla de fascinación y cautela. El amor se presenta como una fuerza poderosa, pero también como algo que exige negociación, prudencia y resistencia.

Uno de los elementos más intrigantes de la obra es la presencia de los jardineros, figuras contemporáneas que irrumpen en el universo aristocrático con movimientos mecánicos, casi robóticos. Ellos son quienes mantienen el jardín y, simbólicamente, el mundo del pasado, para el disfrute del presente. Su presencia introduce una lectura histórica. Ese mundo refinado del Antiguo Régimen está condenado a desaparecer.

El clímax del ballet llega con uno de los pas de deux más célebres de la danza contemporánea. En él, la pareja finalmente abandona el juego de la seducción y se entrega al vértigo del deseo. El hombre hace girar a la mujer mientras ella se arquea hacia atrás en una suspensión casi imposible. Es un momento de pura exaltación física, donde el amor se expresa como energía desbordada.

Pero aquí se evita convertir ese instante en una simple celebración romántica. La obra termina recordándonos que los rituales del amor son también construcciones sociales, juegos de poder y códigos culturales.

En ese sentido, Le Parc funciona como una especie de tratado coreográfico sobre el deseo: un mapa donde se trazan los caminos que recorren las emociones humanas desde la timidez inicial hasta la entrega final.

Esta presentación de Le Parc funciona también como una respuesta elocuente a ciertos comentarios recientes (provenientes incluso de un actor nominado al Óscar), que han despachado al ballet y a la ópera como formas artísticas “anticuadas” o distantes del público contemporáneo. Basta ver una obra como esta para desmontar ese prejuicio. Su exploración del deseo, del cuerpo y de las emociones humanas posee una modernidad sorprendente. 

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Lejos de ser reliquias culturales, el ballet y la ópera siguen siendo territorios donde el arte puede pensar el amor, el poder y la fragilidad humana con una intensidad que pocos lenguajes escénicos logran alcanzar.

Treinta años después de su estreno, la obra sigue fascinando porque entiende algo esencial. Amar no es un gesto espontáneo, sino una coreografía compleja que cada generación vuelve a bailar a su manera.

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