Hay documentales sobre arte que te invitan a entrar. Otras, como San Pedro y las Basílicas Papales de Roma, te piden que admires desde la distancia. Dirigido por Luca Viotto (27 de abril: Recuento de un evento, Florencia y la galería de Uffizi), este documental forma parte de esa línea de verdadero “cine-arte” que convierte museos, galerías y monumentos en experiencias de gran formato (y a veces, como en este caso, en 3D en salas selectas). Aquí, el objeto de veneración no es solo religioso sino visual. Y en ese sentido, la película funciona como un despliegue de poder técnico que roza con lo hipnótico.
El acceso es, sin exagerar, extraordinario. Cámaras que sobrevuelan la cúpula de San Pedro, travellings que recorren naves imposibles, acercamientos quirúrgicos a detalles invisibles al ojo humano. La tecnología conformada por drones, grúas y reconstrucciones digitales no está al servicio de la historia: es la historia. Viotto no solo muestra las basílicas sino que las reinterpreta como espacios cinematográficos.
El problema es lo que queda fuera de ese encuadre perfecto. Porque mientras la película insiste en la grandeza material del mármol, el oro y la escala, descuida lo que hace que estos lugares existan, que es la experiencia humana. Las basílicas aparecen vacías, suspendidas en un tiempo abstracto, como si fueran renders de sí mismas. No hay multitudes, ruido o fricción. Apenas destellos de peregrinos subiendo de rodillas la Scala Santa o el gesto ceremonial de una puerta que se abre en Año Jubilar, momentos breves que, precisamente por su escasez, revelan todo lo que falta.
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El relato, además, se apoya en una estructura clásica de documental didáctico con expertos que explican, contextualizan y legitiman. Sus intervenciones son rigurosas, pero también previsibles, especialmente para los adeptos a este tipo de documentales. Hablan mucho pero se siente poco. Y esa distancia se amplifica en la traducción, que añade una capa de frialdad que termina por convertir la experiencia en algo más cercano a una cátedra ilustrada que a una película.
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Paradójicamente, el propio material que utiliza la cinta (los textos de Stendhal, la música sacra y la historia acumulada de siglos), sugiere una dimensión emocional que nunca termina de explotar. Todo está ahí, pero nada termina de encenderse.
Eso no significa que el documental carezca de valor. Al contrario, como experiencia visual es difícil de igualar. Permite ver lo que normalmente está fuera del alcance, recorrer espacios inaccesibles y detenerse en detalles que, en una visita real, pasarían desapercibidos entre turistas y filas interminables. Es, en ese sentido, una forma de acceso privilegiado.
Pero también es un recordatorio de los límites de este tipo de cine. Cuando el arte sacro se reduce a superficie y cuando la espiritualidad se convierte en textura, lo que queda es una postal perfecta… y vacía. San Pedro y las Basílicas Papales de Roma deslumbra, pero rara vez conmueve. Y en un lugar donde todo fue construido para provocar lo segundo, eso pesa.
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