Hay artistas cuya importancia histórica puede explicarse mediante fechas, movimientos estéticos o listas de obras maestras. Egon Schiele pertenece a una categoría mucho más rara. Es uno de esos creadores cuya obra sigue sintiéndose contemporánea porque parece hablar directamente de obsesiones que todavía nos acompañan sobre el cuerpo, el deseo, e sexo, la muerte y la imposibilidad de conocernos completamente a nosotros mismos.
Tabú: Egon Schiele, dirigido por Michele Mally, autor de ese otro documental sobre el artista llamado Klimt & Schiele: Eros And Psyche (2018), parte precisamente de esa premisa. Más que preguntarse quién fue Schiele, intenta entender por qué continúa siendo una figura tan poderosa más de un siglo después de su muerte. La respuesta no llega a través de una cronología rígida ni de una enumeración académica de acontecimientos, sino mediante un recorrido que combina historia, filosofía, literatura y análisis artístico para construir el retrato de un hombre que dedicó su breve existencia a perseguir una visión propia del arte.
Mally evita desde el principio la estructura habitual del documental biográfico. No estamos ante una sucesión de expertos hablando frente a la cámara mientras una voz en off resume acontecimientos conocidos. El director apuesta por una construcción mucho más libre, donde los lugares, las obras y las ideas dialogan constantemente entre sí.
Erika Carletto no solo narra sino que nos canta la historia de Schiele. El viaje comienza en Krumau, la ciudad bohemia vinculada a la familia materna del pintor y uno de los espacios más importantes dentro de su imaginario creativo. Allí, entre calles medievales, tejados irregulares y el sinuoso recorrido del río Moldava, el documental encuentra una metáfora perfecta para la mirada del artista, una visión que nunca se conformó con la superficie de las cosas y que buscó siempre perspectivas distintas para observar el mundo y los cuerpos.
El documental consiste se aleja no solo de la estructura canónica de los documentales académicos, sino también de la imagen simplificada de Schiele como mero provocador. Durante décadas, parte de la discusión en torno a su obra giró alrededor de sus desnudos, sus representaciones explícitas de la sexualidad (a menudo su hermana posó desnuda para él) y los escándalos que rodearon su carrera. Sin embargo, Mally entiende que esas controversias son apenas la puerta de entrada a una obra mucho más rica.
Lo que aparece en pantalla es un artista obsesionado con capturar aquello que normalmente permanece oculto. Sus figuras parecen despojadas de cualquier máscara social. No buscan agradar ni seducir. Son cuerpos vulnerables, tensos, expuestos al paso del tiempo y a la certeza de la muerte. En Schiele, el cuerpo deja de ser un objeto idealizado para convertirse en un mapa emocional.
Esa búsqueda conecta de manera sorprendente con otra de las figuras centrales del documental: Franz Kafka. No existe evidencia de que ambos hombres llegaran a conocerse, pero Tabú construye un diálogo intelectual extraordinariamente sugerente entre sus respectivas obras. Kafka y Schiele compartieron una época marcada por profundas transformaciones culturales, políticas y psicológicas. Ambos fueron testigos del agotamiento de un mundo antiguo y del nacimiento de una modernidad llena de incertidumbres.
El documental encuentra paralelismos fascinantes entre los personajes atrapados en laberintos existenciales de Kafka y las figuras angulosas, casi espectrales, que habitan las pinturas de Schiele. En ambos casos encontramos una misma preocupación por la fragilidad humana, por la sensación de no encajar completamente en el mundo y por la dificultad de construir una identidad estable en tiempos de cambio.
Es precisamente en esta relación donde la película encuentra una de sus ideas más hermosas. La terquedad de Schiele y su fidelidad absoluta a su arte terminan convirtiéndose en el verdadero centro emocional del documental. Del mismo modo que Kafka continuó escribiendo sin saber que su obra transformaría la literatura moderna, Schiele persistió en una búsqueda artística profundamente personal sin suavizar sus ideas para hacerlas más aceptables ante la sociedad de su tiempo. Ambos entendían la creación como una necesidad vital antes que como una carrera profesional.
Esa dedicación radical al arte atraviesa cada minuto de la película y termina convirtiendo a Tabú: Egon Schiele en algo mucho más profundo que un documental sobre pintura. Es una reflexión sobre el compromiso creativo, sobre el precio de mantener una visión propia y sobre la necesidad de seguir creando incluso cuando el reconocimiento parece lejano o imposible.
La película también sitúa inteligentemente a Schiele dentro de la extraordinaria efervescencia cultural de la Viena de principios del siglo XX. En aquella ciudad convivieron figuras como Gustav Klimt, Sigmund Freud, Arnold Schoenberg y Stefan Zweig, todos ellos intentando comprender un mundo que estaba cambiando a una velocidad sin precedentes. Schiele aparece aquí como parte de una generación que transformó para siempre la manera de pensar el arte, la sexualidad y la condición humana.
Mally demuestra, como lo hizo también en su documental sobre Edvard Munch Love, Ghosts And Lady Vampires, (2022), una sensibilidad notable para acercarse a las obras sin convertirlas en simples ilustraciones de un discurso académico. La cámara se detiene sobre los trazos, las texturas y los detalles de las pinturas con paciencia y respeto. Hay una voluntad constante de permitir que las imágenes respiren y hablen por sí mismas.
Los historiadores, filósofos, especialistas y escritores que participan en el documental aportan contexto sin ahogar la experiencia. Sus intervenciones enriquecen la comprensión de Schiele, pero la película nunca pierde de vista que el verdadero protagonista es el arte.
Para quienes ya están familiarizados con el arte del pintor austríaco, Tabú: Egon Schiele ofrecerá nuevas perspectivas sobre aspectos menos explorados de su vida y su obra. Para quienes se acercan por primera vez a él, constituye una introducción extraordinariamente accesible y estimulante.
Además, funciona como una pieza de compañía ideal para la magnífica película biográfica Egon Schiele – Tod Und Mädchen (2017). Juntas, las dos obras (tres si anexamos el documental previo sobre Schiele y Klimt de Mally), permiten comprender no solo la figura del artista, sino también el contexto cultural que hizo posible una de las etapas más fascinantes de la historia del arte europeo.
Tabú: Egon Schiele logra algo que muy pocos documentales artísticos consiguen. No solo explicar la importancia de un creador, sino transmitir por qué sigue siendo necesario volver a él. Más de cien años después de su muerte, Schiele continúa obligándonos a reconsiderar nuestras ideas sobre el deseo, la belleza, la sexualidad y la mortalidad. Y esa capacidad para seguir interrogando al presente es, quizá, la prueba definitiva de que estamos ante un artista verdaderamente inmortal.
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