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Crítica: The Boys (2019-2026)

Cuando The Boys apareció en las plataformas de streaming en 2019, el género de superhéroes dominaba completamente la cultura popular. Marvel acababa de alcanzar su punto más alto con Avengers: Endgame, DC seguía intentando consolidar su irregular universo cinematográfico y Hollywood parecía convencido de que el héroe clásico todavía podía sostenerse sin cuestionamientos. En medio de ese escenario llegó una serie que no solo buscó burlarse de los superhéroes, sino desmontar todo lo que representan dentro de la cultura contemporánea. O como diría Billy Butcher: Se cagó en ellos.

Basada en los cómics creados por Garth Ennis y Darick Robertson, The Boys tomó la estructura tradicional del relato superheroico para convertirla en una crítica brutal hacia el espectáculo mediático, el poder corporativo y la idolatría colectiva. En lugar de héroes altruistas, la serie presentó celebridades administradas por una empresa multimillonaria llamada Vought International, capaz de transformar salvadores en productos de mercadeo, candidatos políticos y armas de control social.

La premisa funcionó desde el primer episodio porque entendió algo esencial y es que el problema nunca fueron solamente los poderes, sino quién administraba la imagen de quienes los poseían.

La historia comenzó con Hughie Campbell, interpretado por Jack Quaid, un joven común cuya vida quedó destruida cuando el velocista A-Train (Jessie T. Usher) atravesó accidentalmente a su novia en plena calle. Esa secuencia inicial definió inmediatamente el tono de la serie: grotesco, violento, absurdo y satírico al mismo tiempo. Hughie terminó siendo reclutado por Billy Butcher, un mercenario interpretado por Karl Urban, quien dedicó su vida a destruir superhéroes después de que Homelander, el héroe más poderoso del planeta, arruinara la suya años atrás.

Urban convirtió a Butcher en uno de los personajes más importantes de toda la serie. Su interpretación mezcló brutalidad, ironía y desgaste emocional sin transformar nunca al personaje en un simple antihéroe carismático. Butcher funcionó porque constantemente parecía estar al borde de destruirse a sí mismo junto con todo lo que lo rodeaba.

Pero incluso con personajes tan fuertes, The Boys siempre tuvo un dueño absoluto en la figura de Antony Starr. La interpretación de Homelander probablemente terminó siendo una de las actuaciones más importantes que entregó el género superheroico, tanto en televisión como en el cine. Starr construyó un personaje aterrador precisamente porque evitó interpretarlo como un villano tradicional. Homelander podía actuar como un líder carismático frente a las cámaras y segundos después transformarse en alguien completamente inestable. La serie entendió que el verdadero terror no estaba solamente en sus poderes, sino en su necesidad enfermiza de aprobación, control y adoración pública.

Mientras avanzaron las temporadas, se volvió evidente que Homelander no representaba solo una versión corrupta de Superman. Representaba la construcción mediática de figuras intocables capaces de manipular masas incluso cuando su violencia ocurría frente a todos. Ese elemento fue clave para que The Boys creciera mucho más allá de la simple parodia superheroica.

Lo interesante es que la serie nunca intentó esconder sus referencias. The Boys siempre fue frontal, agresiva y exagerada. Su crítica política funcionó precisamente porque entendió el espectáculo como parte del problema. Vought convirtió tragedias en campañas publicitarias, vendió inclusión como estrategia de mercado y utilizó a los superhéroes como herramientas electorales mientras producía películas, series y mercancía alrededor de ellos.

En ese sentido, la serie tuvo mucho en común con Watchmen, la obra maestra de Alan Moore y Dave Gibbons, más de lo que parecía inicialmente. Ambas destruyeron la idea del héroe moralmente perfecto y mostraron cómo el poder absoluto inevitablemente termina deformando cualquier estructura ética. La diferencia estuvo en el enfoque. Mientras Watchmen utilizó una mirada más filosófica y pesimista, The Boys apostó por la sátira salvaje y el exceso visual.

Con Kick-Ass también compartió la intención de aterrizar el género superheroico dentro de un contexto más realista y violento. Sin embargo, donde la obra de Mark Millar todavía conservaba cierta fascinación juvenil por convertirse en héroe, The Boys prácticamente eliminó cualquier romanticismo asociado a esa idea.

Ahora bien, la comparación con Invincible resulta todavía más interesante. Ambas producciones mostraron violencia extrema y relaciones familiares destruidas por el poder. Pero mientras Invincible todavía cree en la posibilidad de reconstruir el heroísmo clásico, The Boys pareció convencida de que cualquier sistema basado en figuras idolatradas terminaría inevitablemente corrompido.

Esa visión fue justamente lo que permitió que la serie evolucionara junto con el contexto político real. A medida que el mundo se volvió más polarizado, la sátira de The Boys dejó de parecer exagerada. La manipulación mediática, el fanatismo político y la radicalización colectiva que mostraba la serie comenzaron a sentirse peligrosamente cercanos a la realidad.

Aun así, uno de los mayores aciertos del programa fue entender que detrás de toda la violencia debía existir humanidad. Erin Moriarty convirtió a Starlight en uno de los personajes más sólidos de la serie. Lo que inicialmente parecía la típica heroína ingenua terminó transformándose en una figura atrapada entre sus principios y la maquinaria corporativa de Vought. Su evolución funcionó porque nunca abandonó completamente la vulnerabilidad.

Mother’s Milk, interpretado por Laz Alonso, probablemente fue uno de los personajes más importantes de The Boys precisamente porque funcionó como el último vínculo estable con la humanidad dentro de un mundo completamente podrido. Mientras Butcher se dejaba consumir por la obsesión y Hughie atravesaba constantes crisis morales, M.M. representó la necesidad de mantener límites éticos incluso cuando todo parecía justificar la violencia.

Karen Fukuhara también entregó probablemente la interpretación más emocional del programa con Kimiko. Incluso en silencio, el personaje transmitió trauma, rabia y afecto con una naturalidad impresionante. Su relación con Frenchie, interpretado por Tomer Capone, terminó convirtiéndose en uno de los vínculos más importantes de la serie.

En cuanto a los superhéroes corruptos, Chace Crawford sorprendió enormemente con The Deep. Lo que comenzó como una caricatura ridícula de Aquaman terminó convirtiéndose en una sátira bastante cruel sobre celebridades desesperadas por seguir siendo relevantes. Crawford entendió perfectamente el absurdo del personaje y lo explotó constantemente sin perder el tono dramático cuando la serie lo necesitó.

Jessie T. Usher también consiguió que A-Train evolucionara muchísimo con el paso de las temporadas. Su arco dejó de ser únicamente el de un personaje arrogante para transformarse en alguien constantemente enfrentado a las consecuencias físicas, sociales y raciales de sus decisiones.

Colby Minifie también terminó convirtiéndose en una de las grandes sorpresas de The Boys gracias a Ashley Barrett, probablemente el personaje que mejor representó la descomposición moral dentro de Vought. Lo que comenzó como una ejecutiva neurótica y oportunista evolucionó lentamente hacia una figura consumida por el miedo, la presión corporativa y la necesidad desesperada de sobrevivir dentro de un sistema completamente tóxico. Minifie entendió perfectamente el tono histérico y satírico del personaje, pero también logró darle una dimensión trágica bastante inesperada. Ashley terminó funcionando como el retrato de alguien destruido psicológicamente por el mismo monstruo empresarial que ayudó a sostener.

Algo similar ocurrió con Susan Heyward y Sister Sage en la quinta temporada. Introducir al personaje más inteligente del planeta pudo haber resultado ridículo incluso para los estándares de The Boys, pero Heyward consiguió convertirla en una presencia inquietante y calculadora. Sage funcionó como el complemento perfecto para Homelander porque, a diferencia de otros personajes, entendía exactamente cómo manipular el caos político y social alrededor de él. Más que fuerza física, el personaje representó el peligro de la inteligencia utilizada sin ninguna brújula moral, especialmente dentro de una sociedad ya completamente dominada por la desinformación, el fanatismo y el miedo.

Firecracker apareció como una caricatura venenosa del populismo mediático estadounidense, una influencer ultraconservadora, conspiranoica y hambrienta de atención que convierte cada transmisión en un sermón armado. El personaje, interpretado por Valorie Curry, funciona como uno de los retratos más feroces que ha hecho la serie sobre la maquinaria del odio contemporáneo y la forma en que el espectáculo político termina pareciéndose a un reality show con armas y banderas. Eric Kripke reconoció que el personaje nació inspirado en figuras reales de la extrema derecha mediática estadounidense. 

Hay que mencionar también la decepción que significó Queen Maeve, interpretada por Dominique McElligott, cuyo cierre funcionó más como una desaparición silenciosa que como una verdadera conclusión narrativa debido a su retiro de la actuación. Después de convertirse en uno de los pocos personajes capaces de desafiar realmente a Homelander, la serie optó por apartarla del conflicto principal y dejar su futuro abierto. Haberla reemplazado por otra actriz hubiera sido una mejor opción. 

La primera temporada todavía conservó cierta estructura de sátira exagerada. Sin embargo, desde la segunda temporada la serie endureció muchísimo más su mirada política. El ascenso de la superheroína nazi Stormfront (Aya Cash), el fanatismo digital, la manipulación de discursos nacionalistas y el comportamiento de las masas acercaron la ficción a fenómenos sociales completamente reconocibles.

La tercera temporada probablemente representó el punto donde The Boys alcanzó su mayor nivel de descontrol creativo. La serie entendió que ya no bastaba con burlarse del género superheroico y decidió empujar absolutamente todo al límite. El mejor ejemplo fue la secuencia de Termite (Brett Geddes) en el primer episodio, una escena grotesca y absurda que resumió perfectamente la identidad de la serie basada en humor negro, gore y sátira llevados hasta niveles ridículos.

Pero detrás del shock visual, la temporada también hizo algo importante con sus personajes. Hughie comenzó a obsesionarse con la idea del poder y Butcher terminó cruzando líneas morales cada vez más peligrosas. Esa decisión fue clave porque permitió mostrar cómo incluso quienes odiaban a los superhéroes podían terminar seducidos por aquello que intentaban destruir.

Además, la inclusión de Soldier Boy, interpretado por Jensen Ackles, aportó una nueva capa al universo de la serie. El personaje funcionó como una representación tóxica del patriotismo estadounidense y del héroe militar construido artificialmente por la cultura popular. Ackles, con su Anti-capitán América, logró equilibrar brutalidad, inmoralidad, humor y decadencia emocional de una manera bastante efectiva.

La cuarta temporada tomó un camino todavía más político. Para ese punto, The Boys prácticamente abandonó cualquier intento de sutileza y convirtió a Homelander en una figura cada vez más cercana a un líder autoritario respaldado por fanáticos incapaces de cuestionarlo. La serie comenzó a reflejar directamente la polarización contemporánea, el extremismo digital y la manipulación mediática.

Ese enfoque hizo que la sátira perdiera parte de su distancia caricaturesca. Lo que antes parecía exagerado empezó a sentirse demasiado cercano a la realidad. Homelander ya no era solamente un villano inestable; era una celebridad política capaz de transformar violencia en apoyo popular.

La temporada también profundizó el desgaste emocional de varios personajes. Butcher comenzó a enfrentar las consecuencias físicas y psicológicas de sus decisiones, mientras Starlight y Mother’s Milk intentaron sostener cierta humanidad dentro de un entorno completamente roto.

La temporada final, en cambio, funcionó más como una conclusión amarga que como un cierre épico tradicional. La serie dejó claro desde el principio que ya no existía posibilidad de regresar a un equilibrio moral. Homelander finalmente alcanzó niveles de poder político, social e inclusive religioso, que convirtieron a Estados Unidos prácticamente en un territorio controlado por el miedo.

Aunque el ritmo de la última temporada presentó algunos problemas y ciertas dinámicas comenzaron a sentirse repetidas, las actuaciones siguieron sosteniendo gran parte del impacto emocional. Antony Starr entregó en ella la versión más aterradora y patética de Homelander precisamente porque ya no necesitó esconderse detrás de una imagen pública cuidadosamente construida. Eric Kripke, uno de los creadores de la serie, explicó que nunca quiso utilizar el giro final del cómic original, donde Black Noir resultaba ser el verdadero villano detrás de Homelander, porque consideraba injusto despojar al personaje construido por Starr de toda responsabilidad después de cinco temporadas.

Karl Urban también consiguió que Butcher funcionara como una figura completamente destruida física y emocionalmente. Su obsesión terminó consumiéndolo hasta convertirlo en alguien tan peligroso como aquello que juró destruir. La serie utilizó el conflicto final entre Butcher y Hughie para cerrar el gran tema moral que había acompañado toda la historia: hasta dónde puede llegar alguien antes de convertirse exactamente en aquello que combate.

La última temporada además intentó conectar definitivamente todo el universo expandido de la franquicia, especialmente los acontecimientos de Gen V. La serie derivada consiguió construir una identidad propia utilizando el ambiente universitario para hablar sobre trauma, competencia, manipulación institucional y control político sobre las nuevas generaciones de superhéroes. Lejos de sentirse como un simple producto secundario, Gen V expandió el universo narrativo mientras desarrollaba personajes realmente interesantes, especialmente Marie Moreau (Jaz Sinclair), Emma Meyer (Lizze Broadway) y Jordan Li (London Thor y Derek Luh). Su cancelación terminó siendo una de las decisiones más desconcertantes alrededor de toda la franquicia.

Otro aspecto importante de The Boys fue su capacidad para expandir su universo sin perder identidad. La serie animada The Boys Presents: Diabolical permitió explorar distintos tonos y estilos visuales dentro del mismo mundo, funcionando como una extensión experimental mucho más libre y caótica. Algunos episodios apostaron completamente por la comedia negra; otros se acercaron más al horror o incluso al drama psicológico. Lo importante fue que la animación demostró que el universo de The Boys podía existir más allá de la serie principal sin sentirse repetitivo.

Y aunque la serie principal ya terminó, se han estado desarrollando nuevos proyectos como The Boys: México y Vought Rising, demostrando hasta qué punto esta franquicia terminó convirtiéndose en una de las propiedades más importantes de Prime Video. Sin embargo, el crecimiento del universo también evidenció uno de los problemas más notorios de la serie principal: el desgaste narrativo. Con el paso de las temporadas, The Boys comenzó a depender demasiado de su propia fórmula. 

La violencia extrema, las secuencias grotescas y la sátira política seguían funcionando, pero en algunos momentos daba la sensación de que la historia avanzaba más lento de lo necesario. Especialmente hacia su quinta temporada, la serie pareció ocasionalmente atrapada repitiendo dinámicas ya conocidas. Eso no significa que hubiera perdido su fuerza. Antony Starr continuó siendo extraordinario como Homelander hasta el final y varios conflictos mantuvieron su impacto emocional. Pero ya no existía la misma capacidad de sorpresa que tenía la serie en sus primeros años.

Aun así, incluso en sus momentos más irregulares, The Boys conservó algo que muchas producciones superheroicas recientes perdieron hace tiempo: personalidad. Nunca intentó parecer segura, elegante o complaciente. Su identidad siempre estuvo construida desde el exceso, el caos y la provocación. Y aunque a veces cayó en repeticiones narrativas o exageraciones innecesarias, también consiguió convertirse en una de las obras más importantes dentro de la evolución moderna del género de superhéroes.

The Boys nunca habló realmente sobre personas con poderes. Habló sobre sociedades capaces de convertir figuras violentas, beligerantes y destructivas en símbolos de admiración masiva mientras corporaciones y gobiernos aprendían a utilizar ese fanatismo en beneficio propio.

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