Después del fenómeno de Stranger Things, parecía inevitable que Hollywood comenzara a tratar los años ochenta no como una década, sino como un parque temático. Cada calle suburbana debe esconder un monstruo; cada bicicleta, conducir hacia una dimensión desconocida; cada familia disfuncional, reencontrar el amor mientras una criatura intenta devorarla. The End Of Oak Street lleva esa fórmula hasta sus últimas consecuencias. Si ya agotamos los extraterrestres, los fantasmas y los portales interdimensionales, siempre podemos soltar dinosaurios en el vecindario. ¡Qué lo diga la Patrulla Canina!
La nueva película de David Robert Mitchell ocurre en 1982, año en que Steven Spielberg estrenó E.T. y produjo Poltergeist. No es una coincidencia. El director de It Follows reconstruye aquella época como quien recorre un videoclub seleccionando las carátulas más reconocibles. El lenguaje de cámara de Mike Gioulakis (Split) y la banda sonora de Michael Giacchino imitan a la grandilocuencia de Vilmos Zsigmond y John Williams, respectivamente. Las amenazas domésticas cercanas a Gremlins, Back to the future y Aracnofobia, las familias suburbanas sacadas del universo Amblin y los dinosaurios que inevitablemente remiten a Jurassic Park, nos hacen pensar que, más que una película, esto parece una sesión espiritista dedicada a invocar el cine de Steven Spielberg.
En el centro de la historia está la familia Platt. Greg (Ewan McGregor) perdió su empleo, pero trata de sostener la ilusión de normalidad repartiendo pizzas a domicilio. Es un hombre noble, derrotado por las circunstancias y cada vez más avergonzado de no poder cumplir con el papel tradicional de proveedor. Denise (Anne Hathaway), su esposa, escribe en secreto una novela sobre una mujer que sueña con abandonar a su familia y comenzar una nueva vida en Manhattan. La ficción se convierte así en la carta de renuncia que todavía no se atreve a entregar. Denise siente que su matrimonio y la vida suburbana la han condenado a observar desde la ventana la existencia que pudo haber tenido.
Sus hijos tampoco atraviesan precisamente una temporada de paz. Brian (Christian Convery), de trece años, se ha metido en problemas después de romperle accidentalmente el brazo a un compañero y debe evitar al hermano mayor del muchacho, que quiere cobrar la deuda mediante métodos poco pacíficos. Audrey (Maisy Stella), la hija mayor, quiere convertirse en astrónoma, admira a Carl Sagan y contempla la posibilidad de estudiar en Cornell, aunque la situación económica de su familia amenaza sus planes. Completa el grupo Starbuck, el perro familiar, probablemente el personaje con mayor sentido común de toda Oak Street. No me hagan hablar del vecino molesto (P.J. Byrne), la bibliotecaria amable (Emily Kuroda) y la vecina que colabora con la lectura y revisión de la novela de Denise. Estos son “personajes tipo” para principiantes.
Mitchell dedica el primer tramo a construir este pequeño apocalipsis doméstico. Greg oculta su desempleo; Denise esconde su manuscrito y sus deseos de escapar; Brian comienza a descubrir a las chicas (especialmente a su vecina Jeannette, interpretada por Jordan Alexa Davis); Audrey observa el universo buscando algo más grande que su calle. Entonces aparecen unas misteriosas luces blancas, aumenta la temperatura, surgen plantas extinguidas y los jardines comienzan a recibir señales bastante voluminosas de fertilizante que anteceden a una enorme presencia animal. Poco después, el vecindario entero es arrancado de Michigan y depositado en un mundo prehistórico. El sueño americano acaba de convertirse en almuerzo.
La idea es magníficamente absurda. Casas, piscinas, cercas de madera y automóviles familiares quedan rodeados por una selva donde los dinosaurios cazan a los vecinos. Jurassic Park se encuentra con Land of the Lost, pero sin científicos que puedan explicar el fenómeno ni un parque que responsabilice a sus administradores. Aquí los dinosaurios llegan al patio trasero como si fueran la consecuencia natural de una reunión de propietarios que terminó mal.
Sin embargo, la crueldad con la que Mitchell trata a los habitantes de Oak Street aleja la película del espíritu luminoso de la gran mayoría de las producciones de Spielberg de los ochenta. Sus criaturas no producen inicialmente asombro, sino terror. Atacan, despedazan y persiguen a personas que todavía intentan comprender si han viajado al pasado o si el pasado ha invadido su presente. En esos momentos, The End of Oak Street se acerca más a Poltergeist que a Jurassic Park. El hogar deja de ser refugio y se convierte en una trampa, mientras la amenaza atraviesa piscinas, jardines y habitaciones infantiles.
El tono también nos recuerda a A Quiet Place, especialmente cuando los Platt deben moverse con cautela y convertir el conocimiento de las criaturas en una herramienta de supervivencia. Pero David Robert Mitchell no maneja el silencio, el ritmo ni la precisión espacial con los que John Krasinski construía el suspenso. Las secuencias funcionan como estampas independientes. Una persecución aquí, una muerte allá, un dinosaurio asomándose detrás de una cerca. Hay peligro, pero pocas veces existe la sensación de que cada movimiento pueda tener consecuencias irreversibles.
El elemento familiar tampoco alcanza la profundidad que promete. Los dinosaurios deberían funcionar como la materialización de todo aquello que los Platt llevan años callando: la humillación de Greg, la frustración de Denise, la ira de Brian y el miedo de Audrey a renunciar a su futuro. La supervivencia los obliga, previsiblemente, a permanecer juntos y reconocer cuánto se necesitan. Pero las emociones están resaltadas con una insistencia exagerada y casi mecánica. Cada recuerdo feliz, fotografía familiar y sacrificio llegan marcados con resaltador fluorescente para que nadie abandone la sala sin comprender la moraleja. No me hagan hablar de la niña cantando la canción de Los Picapiedra.
Anne Hathaway consigue darle a Denise una vida interior que el guion apenas esboza. Su personaje no solo debe enfrentarse a los dinosaurios, sino también a la culpa de haber deseado otra existencia. Cuando empuña un rifle y se mide contra una bestia prehistórica, Hathaway transforma por unos segundos a la esposa insatisfecha en una heroína de acción. Ewan McGregor, por su parte, hace de Greg un hombre fundamentalmente decente, cuyo fracaso laboral no ha destruido su voluntad de proteger a los suyos. Ambos consiguen que el matrimonio resulte más creíble que el mecanismo cósmico responsable de transportar el barrio.
The End of Oak Street llega a ser por momentos entretenida. Tiene dinosaurios feroces, algo de humor blanco, algunas muertes inesperadas y una duración que no convierte la aventura en una era geológica. Mitchell sabe filmar la amenaza y todavía conserva algo del talento para impregnar los espacios cotidianos de una presencia siniestra que demostró en It Follows. El problema no está en la ejecución inmediata, sino en la sensación persistente de haber visto cada imagen en otra película, casi siempre mejor.
Parece que la gran enseñanza que Hollywood extrajo de Stranger Things es que durante los años ochenta solo existían niños en bicicleta, familias rotas, canciones pop como Valerie de Steve Winwood (un intento de repetir el momentum de Running Up That Hill de Kate Bush), monstruos y cine de terror cósmico y antediluviano. La década que produjo transformaciones políticas, sexuales, tecnológicas y culturales ha quedado reducida a un catálogo de referencias fácilmente reconocibles. Ya no se evoca una época vivida, se imita la imitación que otras películas hicieron de ella.
La nostalgia puede ser una forma de afecto, pero también una renuncia a imaginar el presente. David Robert Mitchell no utiliza los códigos de los ochenta para interrogarlos o transformarlos; los conserva detrás de una vitrina, les quita el polvo y coloca dinosaurios a su alrededor. The End Of Oak Street ofrece un paseo agradable por ese museo, pero llega cuando el público ya conoce cada sala y sabe exactamente dónde saltará la criatura.
Tal vez sea hora de abandonar las bicicletas, guardar los casetes y cerrar definitivamente el videoclub. Los años ochenta tuvieron grandes películas porque miraban hacia adelante, no porque vivieran obsesionados con recrear los años cincuenta. Hollywood podría aprender la lección. Avanzar también es una forma de sobrevivir.
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