El único misterio verdaderamente inquietante de Speed Demon no tiene que ver con posesiones, estatuas malditas ni trenes sin frenos. Está en descubrir qué hace William H. Macy en esta película. El actor de Fargo interpreta al padre Novak, un veterano exorcista enviado por el Vaticano que debe viajar de Montreal a Nueva York acompañado por la hermana Lu, encarnada por Katie Cassidy. Macy aparece durante unos quince minutos, pronuncia sus líneas con la dignidad de quien procura no mirar directamente la cuenta bancaria donde fue depositado el cheque y abandona el tren antes de que el descarrilamiento actoral llegue a su máxima velocidad.
La hermana Lu (abreviatura de Lucretia, porque hasta su nombre quiere parecer peligroso), atraviesa una crisis de fe bastante aparatosa. La conocemos después de una noche de cocaína, alcohol y sexo, antes de que se ponga el hábito y corra a encontrarse con su mentor. También posee cierta sensibilidad extrasensorial, carga con una tragedia infantil relacionada con la posesión de su padre y, pese a su vida de excesos, conserva la posibilidad de convertirse en la primera monja capaz de realizar un exorcismo. En otras palabras, no es un personaje. Estamos ante una reunión de ideas que jamás debieron quedarse solas en una habitación.
Cassidy (la actriz que interpretó a Laurel Lance en la serie Arrow), intenta conferir ferocidad, vulnerabilidad y fervor religioso a su personaje, pero la película la presenta como una “monja sexy” antes que como una mujer desgarrada entre la fe y la autodestrucción. Su adicción aparece cuando el guion necesita recordarnos que tiene demonios interiores; luego se evapora para que pueda enfrentarse a los exteriores. El conflicto espiritual, que podría haber dado algo de sustancia al disparate, queda reducido a miradas intensas, recuerdos traumáticos y frases que parecen escritas en la parte trasera de una estampita religiosa.
Como sucede en toda película de catástrofes ambientada en un vehículo, el tren transporta una colección de pasajeros variopintos diseñada mediante el método de “uno de cada tipo”. Está la niña precoz Sofia (Sky Vaux Fuller), capaz de explicar trenes, demonios y folclor sobrenatural con la puntualidad de Wikipedia; Nancy (Noriko Sato), su acompañante, una niñera japonesa con fijación por las luciérnagas; David (Jeremy Feight), el joven ex militar con una afección cardiaca, y su cándida novia Vicky (Sari Arambulo); Edwin (Allen McCullough), el escéptico antipático que gusta de proferir insultos al demonio como si se tratara del soldado francés en Monty Python And The Holy Grail; Louis (Michael John Improta), el carterista que roba las billeteras de los pasajeros y que, como ordena el manual de las películas de catástrofes, acaba revelando que debajo del bribón habitaba un pequeño héroe; y varios pasajeros de relleno destinados a correr, gritar o descubrir una bondad que llevaban cuidadosamente escondida hasta el tercer acto.
El responsable de que este vagón de lugares comunes viaje directamente al infierno es Gabriel (John Patrick Jordan), un arqueólogo que lleva consigo una estatua de Asmodeo, supuestamente recibida como un regalo inexplicable producto de una aventura sexual de una semana. La figura viene dentro de una caja, porque al parecer nadie le explicó que aceptar antigüedades satánicas de una pareja ocasional suele ser una pésima política de equipaje. Gabriel se pincha un dedo con ella, queda poseído y comienza a sembrar el caos mientras el tren pierde el control. El rey de los demonios ha llegado, aunque por su comportamiento podría pasar por un becario del averno en su primer día de trabajo.
Es imposible no remitirse inevitablemente a Snakes on a Plane, aquella película con Samuel L. Jackson que quiso convertirse en fenómeno de culto antes de que el público pudiera decidir si la merecía. Speed Demon parte de una idea igual de absurda: El exorcista se encuentra dentro de un tren de alta velocidad como si se tratara de una cinta con Steven Seagal o Liam Neeson. El problema no es la estupidez de la premisa. El cine de serie B ha demostrado que una idea estúpida, asumida con imaginación, desvergüenza y sentido del espectáculo, puede resultar gloriosa. El problema es que Jon Keeyes (autor de más de 27 cintas cada una más insufrible que la otra), filma el disparate como si estuviera revelando el undécimo mandamiento.
La cinta quiere hablar del trauma, la fe, la adicción, la misoginia eclesiástica y la redención, cuando debería concentrarse en conseguir que una monja golpee demonios en el techo de un tren. Esa solemnidad vuelve todavía más evidente los diálogos imbéciles, los saltos de lógica y unas actuaciones que empiezan a desmoronarse apenas Macy sale de escena. Los efectos especiales, por su parte, parecen enviados desde 1982 en un paquete que permaneció cuatro décadas extraviado en alguna estación. Hay una mujer poseída que vomita luciérnagas (adivinen quien), unas aves que se estrellan contra los vidrios del tren que parecen salidos de Birdemic y algunos momentos de delirio digital que provocan risa, aunque no siempre por voluntad de sus creadores.
El agotamiento del cine de exorcismos tampoco ayuda. Desde que William Friedkin convirtió la habitación de Regan MacNeil en el territorio de una batalla entre la fe, la ciencia y el mal en el clásico The Exorcist (quizás la mejor película de terror de todos los tiempos), el subgénero lleva más de medio siglo intentando repetir el milagro. Ni siquiera las secuelas de aquella película consiguieron comprender del todo qué la hacía aterradora. Entre las escasas excepciones recientes está La médium, la producción tailandesa-surcoreana dirigida por Banjong Pisanthanakun, un falso documental que entiende que el horror religioso necesita atmósfera, ambigüedad y una genuina sensación de profanación. Speed Demon responde con ojos negros, voces distorsionadas y pasajeros que caminan de un vagón a otro dando tumbos y gruñendo como si estuvieran buscando con urgencia el baño después de sobrepasarse con los tragos.
Uno podría esperar al menos el placer descarado de The Pope’s Exorcist, en la que Russell Crowe combatía al demonio con sotana, un pésimo acento italiano y la expresión satisfecha de quien sabe perfectamente en qué clase de película se ha metido. Aquí el humor aparece de manera accidental. Hay pasajes entretenidos precisamente porque alcanzan una temperatura camp irresistible, y el desenlace por fin abraza parte de la demencia prometida por el argumento. Para entonces, sin embargo, la película ya había recorrido demasiados kilómetros fingiendo que la historia de una monja cocainómana contra Asmodeo necesitaba gravedad teológica.
Speed Demon tenía todo para ser un placer culpable: un tren fuera de control, una religiosa descarriada, un demonio bastante torpe y charlatán y William H. Macy preguntándose en silencio quién llamó a su agente. No llega siquiera a convertirse en ese pequeño éxito de culto que su premisa parece reclamar. Al final, el espectador no grita de terror: se da la bendición y ruega que esta película sea exorcizada rápidamente de la cartelera.
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