Las parejas criminales ocupan un lugar privilegiado dentro del cine porque llevan el amor romántico hasta su conclusión más peligrosa: dos personas contra el mundo, convencidas de que una habitación de motel, un automóvil robado y una pistola pueden fundar una sociedad mejor que aquella de la cual están huyendo.
En Gun Crazy (1950), el deseo sexual y la fascinación por las armas eran prácticamente indistinguibles. Sin aliento (1960) convirtió la fuga en un gesto de libertad destinado a terminar en tragedia. Bonnie & Clyde (1967) hizo de sus protagonistas celebridades populares, amantes y víctimas de una violencia que ellos mismos habían puesto en circulación. The Thomas Crown Affair (1968) entendió que robar podía ser una sofisticada forma de seducción. Badlands (1973) observó el crimen desde una frialdad casi lunar, mientras The Getaway (1972) encontró en la persecución una manera de mantener unidos a quienes ya no podían regresar a la vida anterior.
Natural Born Killers (1994) llevó el romance criminal hasta la histeria mediática, transformando a dos asesinos en productos de consumo. Bound (1996) convirtió la complicidad amorosa en una rebelión contra un universo masculino que subestimaba a sus protagonistas. Y Monster (2003) destruyó cualquier fantasía glamorosa al mostrar que el amor, la pobreza, el abandono y la violencia podían formar una alianza condenada desde el principio.
Desde esa larga tradición de clásicos y cine de culto llega Carolina Caroline, consciente de que cada carretera por la que conduce ya está llena de fantasmas. El recorrido argumental resulta muy familiar para los cinéfilos. Una mujer (Samara Weaving) atrapada en un pueblo pequeño, conoce a un delincuente carismático (Kyle Gallner), descubre junto a él la emoción del peligro y abandona una existencia paralizada para internarse en una aventura que inevitablemente terminará fuera de control. El director Adam Rehmeier (Dinner In America, The Bunny Game) no intenta hacernos creer que nunca hemos visto este mapa. Su película encuentra valor en quienes lo recorren.
Caroline trabaja en una gasolinera de Texas, viste pantalones cortos y medias deportivas, contempla las horas pasar y sueña con conocer un mundo situado fuera del alcance de su rutina. Vive con Hank (Jon Gries), un padre envejecido y cariñoso, pero su vida parece haber quedado suspendida mucho antes de comenzar. La ausencia de su madre ha dejado una herida alrededor de la cual Caroline construyó su identidad: no sabe exactamente qué busca, pero comprende que no está en el lugar donde nació.
Todo cambia cuando Oliver entra en la estación de servicio conduciendo un Chevrolet y ejecuta una estafa con billetes frente al cajero. Caroline observa el intercambio y no consigue reconstruir por completo la operación, aunque sabe que algo extraño acaba de suceder. Podría denunciarlo. En cambio, queda fascinada. La habilidad de Oliver no despierta su sentido de justicia, sino su curiosidad. Esa primera mirada establece el impulso de toda la película. Caroline no es una joven inocente engañada por un depredador, sino una mujer que reconoce inmediatamente una puerta de salida.
Su encuentro posterior en un bar funciona como una variación criminal del flechazo romántico. Hablan, bailan y se estudian. Oliver le pregunta qué lugar le gustaría conocer y ella responde Carolina del Sur, una aspiración a la vez modesta y enorme para alguien que apenas ha conseguido alejarse de su pueblo. La respuesta también contiene el título. Caroline desea llegar a Carolina porque el viaje promete conducirla hacia una versión todavía desconocida de sí misma.
La película evita presentar a Oliver como un manipulador que fabrica a Caroline a su conveniencia. Él le enseña algunos trucos, pero ella quería participar desde el instante en que lo vio engañar al empleado de la gasolinera. Aprende a sustraer billeteras, practica el intercambio de billetes y descubre cómo utilizar la distracción y la confianza de los desconocidos. El delito se convierte en un juego compartido y, poco a poco, en el lenguaje privado de la pareja.
Robar no nace inicialmente de la necesidad de acumular dinero. Los billetes importan menos que la excitación de conseguirlos. Cada estafa funciona como una cita; cada pequeño engaño, como una forma de coqueteo. Cuando hacen el amor sobre una cama cubierta de dinero, la imagen resume la naturaleza de su vínculo. El crimen no financia la relación, sino que participa directamente de ella.
Samara Weaving y Kyle Gallner consiguen que esa conexión resulte inmediata. La película depende por completo de la posibilidad de creer que Caroline subiría al automóvil de Oliver y que Oliver modificaría su rumbo por ella. Si esa atracción fallara, Carolina Caroline quedaría reducida a una colección competente de referencias cinematográficas. Los actores evitan ese naufragio desde su primera conversación.
La química no aparece solamente en los besos ni en las escenas sexuales. Está en la atención con la que se escuchan, en el placer de hacerse reír y en la manera como cada uno recibe las confesiones del otro. Caroline y Oliver se desean, pero también se caen bien. Son amantes, compañeros de viaje y amigos. En sus mejores momentos parecen experimentar un enorme alivio al descubrir que existe otra persona capaz de entender su particular manera de sentirse excluido.
Weaving suele ser convocada para personajes que enfrentan situaciones extremas desde una mezcla de furia, humor y energía física. En Ready or Not sobrevivía a una familia homicida sin perder su capacidad para expresar el absurdo de la situación; en The Babysitter convertía la seducción en amenaza. Caroline le permite trabajar desde otro lugar. Su interpretación comienza con una languidez y picardía casi infantil, pasa por la euforia del descubrimiento y termina revelando la desorientación de una mujer que avanzó tanto y tan rápidamente que ya no reconoce el punto desde el cual partió.
La actriz comprende que Caroline no huye solamente del aburrimiento. Su necesidad de movimiento procede de un abandono ocurrido antes de que pudiera darle un nombre. La madre ausente (Kyra Sedwick) se convierte en destino, explicación y fantasía. Carolina del Sur representa la esperanza de encontrar a esa mujer, pero también la posibilidad de corregir retrospectivamente una infancia que nunca se sintió completa. El viaje criminal termina pareciéndose a una búsqueda familiar disfrazada de aventura.
Gallner (Smile) construye a Oliver desde un encanto relajado que podría parecer menos peligroso en manos de otro actor. Sabe hablar, improvisar y conseguir que las personas bajen la guardia. Sin embargo, su atracción por Caroline no parece parte de una estafa. Se preocupa por ella y disfruta enseñándole, aunque conserva una zona difícil de descifrar. Incluso en sus momentos más afectuosos, la naturalidad con la que acepta la violencia anuncia que existe un límite moral que él cruzó tiempo atrás.
Oliver no es una máquina criminal ni un intelectual del delito. Es un vagabundo hábil que aprendió a convertir el movimiento en filosofía y forma de vida. Caroline introduce en ese desplazamiento una ilusión de futuro. Él le ofrece una carretera; ella transforma la carretera en destino. Ninguno planeaba necesariamente convertirse en atracador de bancos, pero la presencia del otro amplía sus deseos y reduce sus precauciones.
Allí opera la folie à deux que determina su caída. Caroline probablemente nunca habría comenzado a robar sola y Oliver quizás habría continuado satisfecho con sus pequeñas estafas. Juntos se sienten capaces de avanzar un poco más, y luego otro poco, hasta descubrir que ya dejaron atrás la frontera que separaba el juego de las consecuencias. El amor los salva momentáneamente de la soledad, pero también produce una versión de cada uno que resulta más temeraria.
El guion de William Thomas Dean IV (Charlie Harper) sigue un recorrido previsible. Las estafas crecen, el dinero comienza a circular con mayor facilidad, la violencia entra en escena y la libertad de la carretera adquiere el aspecto de una trampa. Sabemos que el idilio no puede durar porque este género siempre convierte el parabrisas en una cuenta regresiva. Sin embargo, anticipar la dirección no significa conocer el peso emocional de la llegada.
Rehmeier permite que la relación respire. No encadena los robos como si estuviera preparando un manual de delincuencia ni utiliza la intimidad como pausa obligatoria entre dos persecuciones. Le interesan los momentos durante los cuales Caroline y Oliver hablan, juegan, bailan o permanecen juntos sin necesidad de impresionar al otro. Esa paciencia proporciona sentido a la posterior transformación del relato. La violencia duele porque primero hemos experimentado el placer que encuentran en su compañía.
El director ya había mostrado en Dinner in America una especial sensibilidad hacia personajes jóvenes que convierten una relación amorosa en rechazo del mundo que intenta domesticarlos. Allí también Kyle Gallner interpretaba a un hombre cuya hostilidad escondía una necesidad feroz de conexión. Carolina Caroline cambia el punk por la música country y los suburbios por la carretera, pero conserva la atención hacia quienes encuentran en otra persona un lugar donde finalmente pueden abandonar la representación que construyeron para sobrevivir.
Jon Gries interpreta al padre de Caroline con una tristeza silenciosa. Es un hombre cariñoso, incapaz de ofrecerle aquello que ella busca, pero lo suficientemente generoso para comprender que retenerla tampoco solucionará el vacío. Su presencia impide que la huida pueda reducirse a una liberación sencilla. Caroline deja atrás una vida limitada, aunque también abandona a alguien que la ama. La carretera abre posibilidades y al mismo tiempo acumula pérdidas.
Kyra Sedgwick aparece brevemente en una escena decisiva. Su personaje representa la colisión entre la fantasía que impulsó el viaje y una realidad que no tiene interés en satisfacerla. La secuencia altera la relación de Caroline con su pasado y rompe el equilibrio emocional de la película. En pocos minutos, Sedgwick introduce una crueldad cotidiana, menos espectacular que los atracos, pero mucho más devastadora. Hay heridas que una pistola no puede resolver y distancias que un Chevrolet no consigue acortar.
A partir de ese encuentro, Caroline comprende que no puede recuperar la vida imaginada durante tantos años. La mujer que salió de Texas ya no existe, pero tampoco aparece una identidad nueva capaz de reemplazarla. Cuando pregunta cómo llegaron hasta allí, la frase se refiere al recorrido geográfico, a la escalada criminal y al derrumbe de la promesa romántica. Oliver no tiene una respuesta porque él también confundió el movimiento con el progreso.
La ambientación en los años noventa le permite a Rehmeier recuperar una América donde todavía era posible desaparecer. La ausencia de teléfonos móviles favorece a los personajes y al género: las personas pueden perderse, los delitos tardan en conectarse y una llamada exige detenerse frente a un aparato fijo. El periodo no se construye mediante una exhibición nostálgica de objetos. Se percibe en la textura del verano, los vehículos, los pequeños negocios y esa sensación de que el territorio estadounidense todavía guardaba lugares ajenos a la vigilancia permanente.
La fotografía de Sharone Meir (Whiplash, Monkey Man) cubre el paisaje con colores cálidos y una luz que parece haber quemado los caminos. El calor se adhiere a los cuerpos, los moteles y las estaciones de servicio. La carretera no luce como una postal turística, sino como un espacio suspendido donde los personajes pueden fingir temporalmente que ninguna ciudad los reclama y ninguna autoridad conoce sus nombres.
La banda sonora acompaña ese recorrido con Loretta Lynn, Emmylou Harris, Steve Earle y Kris Kristofferson, además de voces contemporáneas como Jason Isbell y Chris Stapleton. Las canciones surgen de radios y rocolas, integradas a los lugares que habitan los personajes. La película termina adquiriendo el espíritu de una balada country sobre amantes, delitos y promesas demasiado frágiles para sobrevivir al amanecer.
Carolina Caroline podría haber quedado atrapada en el homenaje. Sus ingredientes son conocidos, desde el automóvil atractivo hasta los atracos crecientes, el pasado familiar, la pareja perseguida y la certeza de que la libertad durará menos que el combustible. Rehmeier, sin embargo, entiende que la tradición de los amantes fugitivos nunca ha dependido exclusivamente de la originalidad argumental. Depende de que creamos que esas dos personas escogerían permanecer juntas aunque la carretera conduzca directamente al desastre.
Weaving y Gallner consiguen que lo creamos. Sus personajes no desean convertirse en leyendas criminales ni protagonizar titulares. Quieren escapar del silencio que los esperaba antes de conocerse. El robo les ofrece una actividad compartida, pero el verdadero descubrimiento es la intimidad. Por primera vez, ambos sienten que alguien los observa sin pedirles que regresen a la normalidad.
En Gun Crazy, Bonnie & Clyde, Badlands, The Getaway o Natural Born Killers, la pareja criminal crea un universo privado que inevitablemente termina enfrentado al mundo exterior. Caroline y Oliver pertenecen a esa familia cinematográfica, aunque su vínculo carece inicialmente del nihilismo, la frialdad o la ambición de sus antecesores. Son dos personas que se divierten juntas hasta que la diversión comienza a exigir un precio que ninguno sabe pagar.
La película conoce su deuda con el pasado y no permite que esa deuda asfixie a sus personajes. Su historia puede resultar familiar, pero la emoción no lo es. Cuando Caroline y Oliver se besan, no celebramos únicamente el deseo. Sentimos el alivio de dos seres que, durante un instante, dejan de estar solos. Y en una tradición cinematográfica poblada de cadáveres, automóviles perforados y amores condenados, ese instante basta para justificar la fuga.
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