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Crítica: El fin de las primeras veces

Durante demasiado tiempo, el cine queer pareció convencido de que toda historia debía comenzar con una herida. La expulsión familiar, la violencia, el rechazo, la enfermedad o la muerte se convirtieron casi en requisitos narrativos para justificar la existencia de un personaje LGBTQ+. El fin de las primeras veces toma una decisión mucho más arriesgada y, por ello, profundamente política: Desplazar el conflicto hacia un segundo plano para permitir que el deseo, la curiosidad y la felicidad ocupen el centro de la historia.

El director Rafael Espejo comprende que también existe una revolución en la ternura. Eduardo (Alejandro Quintana) llega desde un pequeño pueblo a Guadalajara para presentar un examen universitario. Sin embargo, el verdadero examen no ocurre dentro de un salón, sino durante una noche donde el azar lo lleva a conocer a Mario (Carlos E. López Cervantes) y a un grupo de jóvenes que viven su identidad con una naturalidad desconocida para él. La ciudad deja de ser únicamente un escenario urbano para convertirse en un territorio de posibilidades. Las conversaciones, las fiestas, los besos, las calles y los silencios funcionan como pequeñas iniciaciones hacia una vida que hasta ese momento parecía imposible.

Espejo evita construir esa experiencia desde la épica. Las primeras veces rara vez son acontecimientos grandiosos. Suelen ser torpes, confusas, contradictorias e incluso ridículas. Hay tequila, sexo, drogas, una fiesta, un intento fallido de tatuaje, un teléfono perdido y una camisa manchada de vómito. Pero detrás de esa acumulación de experiencias existe algo mucho más importante, un joven descubriendo que la identidad no aparece de golpe, sino que se construye lentamente a partir de personas, lugares y encuentros que terminan modificándonos sin que lo advirtamos.

En ese sentido, El fin de las primeras veces pertenece a una tradición del coming of age mucho más interesada en observar que en explicar. Espejo permite que las escenas respiren, que el tiempo permanezca dentro de los planos y que los silencios revelen aquello que los personajes todavía no saben nombrar. La película parece desconfiar de las grandes declaraciones porque entiende que el descubrimiento personal ocurre casi siempre en los gestos mínimos como una mirada sostenida algunos segundos más, una conversación durante el amanecer o el extraño alivio de sentirse, por primera vez, completamente anónimo.

También resulta refrescante la manera en que representa la experiencia queer. No porque ignore la discriminación (las conversaciones con la madre de Eduardo dejan entrever una tensión familiar evidente) sino porque decide no convertir el sufrimiento en la única forma posible de representación. La película parece dialogar directamente con una idea expresada por el propio director: No hay mayor revolución que ser felices. Esa felicidad no aparece como ingenuidad, sino como una forma de resistencia frente a un mundo donde los derechos conquistados siguen siendo frágiles.

Alejandro Quintana sostiene la película con una interpretación basada más en la observación que en el dramatismo. Eduardo parece absorberlo todo. Mira la ciudad, escucha a quienes lo rodean y almacena cada experiencia con la intensidad de quien sospecha que esos recuerdos terminarán definiendo el resto de su vida. Esa mirada convierte al espectador en un compañero de viaje más que en un observador externo.

Quizá algunos espectadores encuentren la historia demasiado ligera o familiar dentro del abundante panorama del coming of age contemporáneo. Sin embargo, la aparente sencillez es precisamente una de sus mayores virtudes. Y es que Espejo no pretende reinventar el género; intenta devolverle algo que muchas veces había perdido: la posibilidad de descubrir la identidad sin convertir cada paso en una tragedia. Porque crecer no siempre significa sobrevivir a un desastre, a veces basta una sola noche para descubrir que existe un lugar donde podemos empezar a pertenecer. Y pocas películas recientes entienden esa delicada transformación con tanta sensibilidad como El fin de las primeras veces.

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