No hay forma elegante ni diplomática de decirlo. Ella McCay ocupa el punto más bajo en la trayectoria cinematográfica de James L. Brooks. Y eso no es poca cosa si se considera que estamos hablando del director de Broadcast News, Terms of Endearment, As Good as It Gets y de una parte esencial del ADN de The Simpsons. La pregunta no es si Brooks perdió el pulso del presente por una cuestión generacional; la pregunta es cómo un cineasta con semejante oído para el comportamiento humano terminó entregando una película caótica, poco graciosa y emocionalmente inerte.
La historia se centra en Ella, una mujer de 34 años que asciende de manera abrupta al cargo de gobernadora de un estado nunca nombrado y de un partido apenas disimulado. El planteamiento podría haber servido para una sátira política íntima, una comedia tipo Frank Capra (Mr. Smith Goes To Washington) sobre el peso del poder y las contradicciones entre lo público y lo privado. Pero Brooks opta por un camino sorprendentemente torpe con personajes esquemáticos, conflictos artificiales y diálogos que parecen redactados para explicar personajes, no para revelar personas.
Emma Mackey carga con la peor parte. No porque carezca de talento (ya lo demostró con solvencia en Sex Education, Emily y Hot Milk), sino porque Brooks la dirige como un concepto vacío. Ella McCay no tiene espesor emocional. Es un rol que parece un boceto o borrador de guion. El resultado es una protagonista que nunca convence, no por culpa de la actriz, sino por la ausencia total de una mirada humana sobre quién es y qué desea.
El problema se agrava con el reparto secundario. Albert Brooks, un actor asociado históricamente a la ironía inteligente, aparece aquí como un gobernador sin energía ni sentido del humor. Jamie Lee Curtis, habitualmente potente, queda atrapada en un personaje histérico que confunde intensidad con ruido. Woody Harrelson interpreta al padre infiel con una colección de clichés que la película jamás se esfuerza por cuestionar. Jack Lowden, tan sólido en Slow Horses, se ve reducido a un esposo infantil cuyo conflicto matrimonial se construye a base de decisiones tan absurdas como arbitrarias.
El desfile continúa con Kumail Nanjiani como un policía diseñado como alivio cómico que nunca llega; Spike Fearn como un hermano ansioso cuyo drama sentimental no encuentra forma; Julie Kavner (la voz de Marge en The Simpsons) relegada a una narradora que parece existir únicamente para llenar vacíos de un guion que no confía en sus propias escenas. Todos actores capaces, todos perdidos dentro de una estructura que no sabe qué hacer con ellos.
Lo más desconcertante es que Ella McCay no fracasa por ambición desmedida, sino por una alarmante falta de precisión. No hay escenas memorables, no hay observaciones incisivas sobre la política contemporánea y no hay tensión real entre lo personal y lo institucional. La película parece convencida de que el prestigio de su creador basta para sostenerla, como si el nombre de Brooks aún garantizara una forma de comedia que aquí simplemente no aparece.
La decepción pesa más precisamente porque el respeto hacia Brooks sigue intacto. Nadie quiere ajustar cuentas con una figura que definió una era del cine estadounidense adulto y emocionalmente complejo. Pero ese respeto no justifica el silencio crítico. Sin su firma en los créditos, Ella McCay sería descartada como una reliquia desvaída de otro tiempo. Con ella, se convierte en una oportunidad perdida y en un recordatorio incómodo e inevitable, de que incluso los grandes pueden extraviarse.
Tal vez la mejor forma de procesar Ella McCay no sea insistir en ella, sino regresar a las obras donde James L. Brooks entendía con claridad cómo el humor, la política y la intimidad podían convivir en la misma escena. Ahí sigue estando el cine que lo convirtió en referencia. Aquí, lamentablemente, no.
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