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Crítica Evil Dead: En llamas (Evil Dead: Burn)

Hay franquicias que como los zombies se niegan a morir. La saga Evil Dead comenzó en 1981 con el debut de Sam Raimi en una producción independiente realizada con muy poco presupuesto que revolucionó el cine de terror gracias a su cámara frenética, su violencia desbordada, su retorcida mezcla de humor y sobresaltos y su inventiva visual. A ella le siguió Evil Dead II (1987), que funcionó como una especie de remake, secuela y reinvención desquiciada al mismo tiempo, acentuando el humor negro y el slapstick (o más bien “slasherstick”), hasta convertir a Ash Williams, interpretado por Bruce Campbell, en un héroe tan torpe como caricaturesco y carismático. La trilogía original concluyó con Army of Darkness (1992), que llevó al personaje a la Edad Media y abrazó sin complejos la aventura fantástica y la comedia, inspirándose en Un Yankee en la corte del Rey Arturo de Mark Twain, pero con demonios. 

Tras dos décadas de silencio llegó el remake y al mismo tiempo secuela de Evil Dead, dirigida por Fede Álvarez, que recuperó el tono salvaje y despiadado de la primera película, eliminando casi por completo el humor. Entre 2015 y 2018, Campbell retomó el personaje en la serie Ash vs Evil Dead, que durante tres temporadas equilibró sangre, comedia absurda y nostalgia, ofreciendo, supuestamente, un cierre definitivo para Ash. 

Con la despedida del personaje, la franquicia optó por expandir su universo con historias independientes: Evil Dead Rise (2023) de Lee Cronin, trasladó el horror de la cabaña al entorno urbano de un edificio de apartamentos. Ahora, Evil Dead Burn vuelve a recrear la fórmula con una nueva familia, nuevos Deadites (término para los zombies endemoniados creados por Raimi) y una violencia todavía más extrema, confirmando que el verdadero protagonista de la saga nunca fue un personaje concreto, sino el Necronomicón y la inagotable capacidad del mal para encontrar nuevas víctimas.

Evil Dead decidió hace mucho tiempo que la muerte era apenas una molestia administrativa. Después de todo, si el Necronomicón puede devolver cadáveres convertidos en demonios parlanchines, ¿por qué Hollywood no iba a hacer exactamente lo mismo con una propiedad intelectual rentable? Lo curioso es que, a diferencia de tantas otras sagas resucitadas por puro oportunismo, Evil Dead todavía conserva cierta dignidad. Cada nueva película parece preguntarse cuál es la forma más creativa de destrozar un cuerpo humano. Y hay que reconocer que, en materia de imaginación homicida, pocas franquicias siguen trabajando con semejante entusiasmo.

Desde el clásico de 1981, Sam Raimi entendió que el verdadero protagonista nunca fue Ash Williams ni Bruce Campbell. Era la cámara convertida en un demonio desquiciado, el slapstick mezclado con el gore y el terror que encontraba tiempo para reírse de sí mismo mientras arrancaba brazos, cabezas o cualquier otra extremidad disponible. La sangre era abundante, pero también profundamente caricaturesca. Uno salía del cine preguntándose cómo alguien había imaginado semejante disparate y a la vez deseando por más.

Sébastien Vaniček, responsable de la notable pero errática Infested, no oculta en ningún momento de dónde proviene su sensibilidad. Aquí sobrevuelan permanentemente los fantasmas del New French Extremity: Martyrs, Haute Tension y toda esa generación de cine francés que convirtió el cuerpo humano en un laboratorio de sufrimiento extremo. Raimi utilizaba el gore como un mecanismo de diversión macabra. Vaniček lo utiliza como una prueba de resistencia física para el espectador.

El argumento, siendo honestos, importa relativamente poco. Alice (Souheila Jacob), pierde a su esposo en un accidente y termina asistiendo a un incómodo encuentro con una familia política que ya era tóxica antes de ser poseída por demonios. Lo sorprendente es descubrir que convertirse en Deadite apenas empeora ligeramente la convivencia. Si algo demuestra la película es que existen suegras capaces de competir dignamente con las fuerzas del infierno.

Yacoub sostiene con solvencia el peso dramático de Alice y consigue que el espectador permanezca emocionalmente involucrado con ella incluso cuando el guion empieza a perder fuerza. Tandi Wright construye una madre edípica cuya negación resulta casi más perturbadora que la posesión demoníaca. Hunter Doohan como Joseph, el cuñado de Alice, aporta vulnerabilidad y Erroll Shand como Edgar hace exactamente lo necesario para convertirse en alguien a quien uno no lamenta demasiado ver mutilado, baleado y atravesado por objetos punzantes.

Naturalmente aparece el Necronomicón y como era de esperar, alguien hace algo estúpido. Y como es costumbre, los muertos (y eso incluye a un perro) empiezan a convertirse en monstruos satánicos. Algunas tradiciones merecen ser respetadas. Pero lo mejor de Burn aparece precisamente cuando deja de fingir que quiere desarrollar un drama familiar como subtexto y acepta lo que realmente vino a hacer: inventar nuevas maneras de convertir una casa en un matadero.

Hay una extraordinaria secuencia dentro de un automóvil donde absolutamente cada elemento del vehículo (reposacabezas, cinturones, bolsas de aire, techo solar) encuentra una utilidad homicida inesperada. Existe también un magnífico plano cenital que transforma una pelea doméstica en una coreografía infernal. Más adelante aparece un largo plano secuencia donde el caos crece sin necesidad de esconderse detrás del montaje. Vaniček demuestra un enorme talento para organizar el espacio para convertir la violencia en un grotesco espectáculo visual.

Y cuando llega el momento de utilizar un desbrozador, un sacacorchos, una herramienta agrícola, un lavavajillas, una pluma fuente o prácticamente cualquier objeto doméstico imaginable, la película entiende perfectamente que el público ya está haciendo apuestas mentales sobre cuál será el siguiente objeto en ser utilizado en cuál órgano de la anatomía humana.

El problema aparece entre una masacre y otra. Porque Burn parece convencida de que mientras más sufran sus personajes, mejor será la película (grave problema del New French Extremity). La cinta confunde crueldad con intensidad emocional y confunde brutalidad con profundidad. Y, sobre todo, confunde trauma con personalidad.

Durante los últimos años, el cine de horror ha desarrollado una curiosa obsesión por explicar que todos los monstruos representan un duelo, una depresión, una infancia rota, una familia disfuncional o cualquier otro trauma psicológico imaginable. A veces funciona. Aquí termina pesando demasiado. Entre demonios, posesiones y litros de sangre, la película insiste una y otra vez en convertir el abuso familiar en el verdadero tema del relato. La intención es respetable, pero la ejecución termina ralentizando aquello que realmente hace bien.

También hay decisiones visuales discutibles. La fotografía adopta una paleta grisácea que apaga incluso la sangre. Resulta paradójico que una película obsesionada con despedazar cuerpos termine luciendo tan apagada cromáticamente. Raimi, al igual que Mario Bava, Dario Argento y Lucio Fulci, los maestros del giallo, comprendían que el rojo también podía ser un elemento expresivo. Aquí casi todo parece cubierto por una fina capa de ceniza.

Lo que termina faltando es precisamente aquello que convirtió a Evil Dead en una franquicia irrepetible: más sentido del humor negro. Hay momentos donde aparece. Un funeral constantemente interrumpido por ruidos imposibles. Algún Deadite particularmente sarcástico. Una muerte tan exagerada que termina provocando carcajadas culpables. Pero son excepciones. La mayor parte del tiempo la película se toma demasiado en serio su propia brutalidad.

Y es una lástima, porque Raimi siempre entendió que el demonio más peligroso era el ridículo. Bruce Campbell recibía golpes imposibles, peleaba contra su propia mano, se burlaba del horror mientras era devorado por él. Esa mezcla era el alma de la saga (con el perdón de Álvarez y Cronin, que llegaron a hacer unas cintas más que decentes optando por la seriedad).

Evil Dead Burn termina funcionando mejor como una exhibición técnica que como una verdadera película de Evil Dead. Vaniček posee talento, imaginación visual y una capacidad admirable para construir secuencias de horror físico. Lo que todavía no encuentra es ese equilibrio perverso entre el espanto y la carcajada que hacía que uno saliera del cine preguntándose si acababa de ver una película de terror… o la caricatura más sangrienta jamás filmada. A propósito, los productores deberían consultar a los creadores de Happy Tree Friends, Mr. Pickles y Superjail para futuras entregas. 

P.D. No se pierda las dos escenas postcréditos. 

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