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Crítica: Hacks (2021-2026)

Hollywood nos enseñó que el talento podía abrir todas las puertas. Bastaba con ser el mejor para alcanzar el reconocimiento, la estabilidad, el dinero y, en algún momento, la felicidad. Hacks desmonta esa fantasía con una precisión extraordinaria. A lo largo de 5 temporadas y 47 episodios descubrimos que el talento nunca garantiza ninguna de esas cosas. Apenas compra tiempo. El escenario se llena, llegan los premios, los contratos aumentan, las giras se multiplican y los aplausos parecen interminables. Sin embargo, cuando las luces se apagan, Deborah Vance sigue siendo una mujer incapaz de abandonar la guerra que lleva librando consigo misma desde hace décadas.

Ese descubrimiento explica por qué Hacks terminó convirtiéndose en una de las grandes series de nuestro tiempo. Su punto de partida parece sencillo. Una veterana del stand-up cuya carrera amenaza con estancarse acepta trabajar con una joven escritora cancelada por un chiste publicado en redes sociales. La premisa promete una comedia sobre generaciones enfrentadas, sobre los cambios del humor contemporáneo o sobre el choque entre Las Vegas y Los Ángeles. Los primeros episodios juegan deliberadamente con esa expectativa. Después la abandonan para construir algo mucho más ambicioso.

Lo que comienza como una colaboración profesional evoluciona lentamente hacia una de las relaciones más impredecibles que ha producido la televisión reciente. Deborah y Ava nunca encuentran un equilibrio definitivo. Se admiran, se utilizan, se desafían, se manipulan, se hieren y vuelven una y otra vez porque ninguna consigue encontrar en otra persona el mismo nivel de exigencia artística. El afecto entre ellas nunca adopta una forma estable. Cambia constantemente de nombre. Mentoría. Competencia. Amistad. Dependencia. Maternidad. Rivalidad. Ninguna palabra alcanza a describirlo por completo, y esa imposibilidad termina siendo una de las mayores virtudes de la serie.

Jean Smart realiza aquí el trabajo más importante de una carrera que ya parecía inagotable. Deborah Vance podría haber sido una simple heredera de Joan Rivers, una leyenda del espectáculo obsesionada con permanecer vigente. En cambio, Smart interpreta a una mujer cuya inteligencia ha terminado convirtiéndose también en su mecanismo de defensa. Cada observación brillante, cada insulto perfectamente construido y cada remate demoledor cumplen una doble función: Hacer reír al público y mantener a los demás a una distancia prudente. Deborah domina el escenario porque aprendió hace mucho tiempo que el escenario resulta mucho menos peligroso que la intimidad.

Lo extraordinario es que la serie jamás intenta suavizarla. Es egoísta, vengativa, controladora y extraordinariamente competitiva. Puede arruinar una relación por orgullo, utilizar a quienes más la quieren y convertir cualquier conversación en un duelo verbal. Smart entiende algo que demasiadas ficciones olvidan y es que los personajes memorables no necesitan pedir perdón constantemente para merecer nuestra atención. Basta con que resulten auténticos.

Hannah Einbinder enfrenta un reto igualmente difícil. Durante los primeros episodios, Ava Daniels parece destinada a representar la mirada moral del espectador. Es joven, progresista, impulsiva y convencida de que comprende mejor el presente que cualquiera de las generaciones anteriores. Poco a poco descubre que el talento también puede intoxicar, que el reconocimiento modifica la forma de relacionarse con los demás y que las decisiones profesionales rara vez admiten respuestas completamente limpias. La transformación de Ava constituye uno de los procesos de maduración más ricos de la televisión reciente porque nunca ocurre de golpe. Cada éxito, fracaso y traición desplazan apenas unos centímetros a un personaje que termina pareciéndose mucho más a Deborah de lo que ella misma habría imaginado.

Hay otra decisión narrativa que explica la grandeza de Hacks: Nunca convierte la comedia en un simple telón de fondo. Escribir un buen chiste, encontrar el ritmo adecuado de una rutina, decidir qué revelar y qué ocultar frente al público o soportar el silencio después de un remate fallido reciben la misma atención que otras series reservan para una escena de acción o una batalla judicial. La creación artística deja de ser un misterio romántico para convertirse en trabajo. Horas de reescritura, discusiones interminables sobre una palabra, pruebas frente a audiencias impredecibles y el miedo constante a perder vigencia construyen un retrato del oficio pocas veces visto en televisión.

Esa mirada también alcanza a la industria del entretenimiento. Las Vegas, los casinos, las giras nacionales, los cruceros, los clubes de comedia, las compras por televisión, las plataformas digitales, las redes sociales, los festivales y finalmente el codiciado universo del late night aparecen como piezas de una maquinaria enorme donde todos buscan exactamente lo mismo: permanecer. La serie entiende que el espectáculo estadounidense no está compuesto únicamente por las estrellas. Detrás de cada presentación existe una red de representantes, asistentes, productores, ejecutivos, escritores, agentes y publicistas cuya supervivencia depende de mantener vivo ese ecosistema.

Por eso Jimmy LuSaque termina convirtiéndose en mucho más que el representante de Deborah y Ava. Paul W. Downs interpreta a un hombre que dedica casi toda su energía a resolver los problemas de los demás mientras posterga sistemáticamente los propios. Jimmy pertenece a esa especie de profesionales cuya carrera consiste en sostener egos ajenos hasta el punto de olvidar el suyo. Su ansiedad permanente, sus dudas y la dificultad para separar el trabajo de la vida privada revelan otra cara del espectáculo: la de quienes rara vez reciben los aplausos.

Si Jimmy representa el esfuerzo por mantener el orden, Kayla Schaefer parece existir únicamente para dinamitarlo. Megan Stalter construye uno de los personajes cómicos más imprevisibles de los últimos años. Su entrada en escena siempre altera el ritmo de la serie porque responde a una lógica completamente distinta. Kayla parece incapaz de respetar protocolos, jerarquías o normas básicas de convivencia profesional. Sin embargo, bajo ese caos permanente aparece una intuición sorprendente para leer a las personas y adaptarse a un medio donde casi nadie posee respuestas definitivas. Lo que comienza como un recurso humorístico termina evolucionando hacia un personaje indispensable para comprender el absurdo cotidiano de Hollywood.

Marcus Brooks aporta otro registro. Carl Clemons-Hopkins interpreta a un hombre cuya identidad quedó absorbida durante años por la marca Deborah Vance. Mientras ella busca conquistar nuevos escenarios, Marcus intenta descubrir quién es cuando deja de trabajar. La serie utiliza ese recorrido para hablar del agotamiento profesional con una honestidad poco frecuente. Hay un momento en que el éxito de otra persona deja de sentirse como un privilegio y comienza a parecer una carga imposible de sostener.

Damien, interpretado por Mark Indelicato, aporta una calma imprescindible dentro del permanente estado de emergencia que rodea a Deborah. Su conocimiento casi intuitivo de las rutinas, caprichos y necesidades de la comediante lo convierte en mucho más que un asistente. Esa misma profundidad aparece en Josefina (Rose Abdoo), cuya lealtad doméstica termina revelando una intimidad que muy pocos personajes alcanzan con Deborah; en Marty (Christopher McDonald), empresario, antiguo amante y socio inseparable que entiende mejor que nadie el precio de haber construido un imperio alrededor de una sola figura; en Nina (Jane Adams), la madre de Ava, cuya mirada permite explorar las consecuencias emocionales del éxito y las relaciones que dejó atrás; en la alcaldesa Jo (Lauren Weedman), presencia decisiva para comprender distintos momentos de su trayectoria; y en la asistente Randi (Robby Hoffman), cuya irrupción recuerda que el universo de Hacks nunca dejó de incorporar nuevas voces capaces de alterar las dinámicas ya establecidas. Ninguno ocupa la pantalla por simple acumulación de personajes. Todos amplían el retrato de una industria donde incluso las relaciones aparentemente secundarias terminan moldeando la identidad de quienes viven para el espectáculo.

La relación entre Deborah y su hija DJ merece un lugar aparte. Kaitlin Olson evita convertir al personaje en una simple víctima de la negligencia materna. DJ creció intentando llamar la atención de una mujer cuya carrera siempre ocupó el primer lugar. Lo extraordinario es que Hacks nunca transforma ese conflicto en una explicación simplista. Deborah ama a su hija. DJ ama a su madre. Ese amor jamás logra borrar las heridas acumuladas durante décadas. La serie comprende que algunas relaciones familiares sobreviven gracias al afecto, aunque nunca consigan reparar completamente el daño.

El universo de Hacks también se enriquece gracias a una impresionante constelación de invitados especiales. La aparición de figuras como Carol Burnett, Laurie Metcalf, Helen Hunt, Christina Hendricks, Julianne Nicholson, Jane Lynch, Conan O’Brien, Jimmy Kimmel y decenas de nombres más nunca responde a la lógica del cameo gratuito. Cada uno amplía la sensación de que Deborah Vance habita un mundo real, conectado con la historia de la comedia estadounidense y con las transformaciones que esa industria ha experimentado durante las últimas décadas.

La serie posee además una capacidad extraordinaria para observar cómo cambia el humor sin convertir ese debate en una guerra cultural simplista. Los guionistas entienden que cada generación desarrolla sus propios códigos y límites, pero también saben que la discusión rara vez se resuelve escogiendo un único bando. Deborah y Ava representan formas distintas de entender la comedia, aunque ambas descubren que el verdadero problema nunca ha sido la corrección política, sino la honestidad. Los mejores chistes nacen cuando alguien está dispuesto a decir una verdad que todavía duele.

También resulta admirable la forma en que Hacks administra el paso del tiempo. Muchas series se limitan a modificar las circunstancias de sus personajes; aquí cambian las personas. Deborah no permanece inmóvil esperando que el mundo se adapte a ella. Ava tampoco conserva indefinidamente el papel de joven idealista destinada a corregir los errores de la generación anterior. Las dos envejecen, aprenden, retroceden, toman decisiones equivocadas y pagan sus consecuencias. Esa evolución explica que, al llegar a las últimas temporadas, la relación ya no pueda describirse mediante las categorías con las que comenzó. La maestra necesita a su discípula tanto como la discípula necesita a la maestra. El poder cambia constantemente de manos, aunque ninguna de las dos termine ejerciéndolo por completo.

Uno de los grandes aciertos de la escritura consiste en negarse a ofrecer victorias definitivas. Cada conquista abre un problema nuevo. Cuando Deborah recupera relevancia, aparece la presión de demostrar que todavía pertenece a la cima. Cuando Ava encuentra reconocimiento como guionista, descubre que dirigir un equipo implica reproducir muchas de las conductas que antes criticaba. El éxito deja de funcionar como recompensa para convertirse en una responsabilidad agotadora. Nadie llega a un lugar donde pueda descansar.

Esa idea alcanza su punto más alto cuando la serie entra en el territorio del late night. Durante décadas, ese formato representó la máxima aspiración para buena parte de los comediantes estadounidenses. Conseguir un programa nocturno equivalía a ingresar en un club reservado para muy pocos nombres. Hacks aprovecha esa tradición para mostrar que incluso los sueños más antiguos pueden convertirse en una prisión. Detrás de las luces del estudio aparecen las presiones de las cadenas, las mediciones de audiencia, las negociaciones con ejecutivos, las guerras internas de los equipos de escritores y la obligación permanente de producir humor a un ritmo casi industrial. El escenario más codiciado del entretenimiento termina pareciéndose a una fábrica donde el talento convive diariamente con el desgaste.

Resulta significativo que los creadores nunca idealicen el oficio del comediante. Deborah vive obsesionada con el trabajo porque no conoce otra forma de relacionarse consigo misma. Ava intenta convencerse de que puede construir una vida más equilibrada, pero termina descubriendo que la creación también exige sacrificios. Jimmy sacrifica relaciones personales para sostener carreras ajenas. Marcus comprende que dedicar todos los días a una misma empresa puede vaciar lentamente la identidad. Incluso personajes aparentemente ligeros como Kayla terminan enfrentándose a la necesidad de demostrar que detrás del caos existe una profesional capaz de asumir responsabilidades. Todos trabajan demasiado. Todos creen que el siguiente proyecto resolverá aquello que todavía les falta. Ninguno encuentra esa respuesta.

La serie tampoco pierde nunca de vista el lugar que ocupa el cuerpo dentro del espectáculo. Deborah debe enfrentarse continuamente a una industria que exige juventud permanente mientras celebra el envejecimiento masculino. Los productores dudan de ella por su edad mucho antes que por su talento. Los ejecutivos hablan de renovación cuando en realidad hablan de reemplazo. Hollywood lleva décadas convencido de que las mujeres envejecen más rápido que su público. Hacks desmonta esa lógica sin convertirla en un manifiesto. Basta observar a Deborah luchando por conservar espacios que durante años les fueron entregados casi automáticamente a hombres de su misma generación para entender la dimensión del problema.

Lucia Aniello, Paul W. Downs y Jen Statsky también demuestran una enorme confianza en la inteligencia del espectador. Muchas emociones importantes aparecen fuera de cuadro. Una llamada telefónica, un silencio prolongado, un gesto apenas perceptible o un cambio en la forma de escribir un chiste comunican mucho más que cualquier discurso explicativo. Esa economía narrativa permite que las heridas acumuladas durante cinco temporadas se sientan auténticas. Las reconciliaciones nunca borran por completo las traiciones anteriores, del mismo modo que las discusiones más feroces jamás alcanzan a destruir un vínculo construido durante años de trabajo compartido.

Quizá por eso Hacks termina ocupando un lugar muy particular dentro de la televisión contemporánea. No persigue la épica de las grandes tragedias criminales ni la espectacularidad de las series construidas alrededor de un gran misterio. Su territorio es mucho más cotidiano y, precisamente por ello, más reconocible. Habla de reuniones interminables, camerinos, hoteles, aeropuertos, oficinas, camerinos otra vez, ensayos, entrevistas, llamadas de madrugada y hojas llenas de tachones donde un chiste todavía busca la palabra exacta. Desde esos espacios aparentemente pequeños consigue hablar del miedo al fracaso, del paso del tiempo, de la necesidad de seguir siendo relevante y del enorme desgaste que produce vivir esperando la aprobación de desconocidos.

Al terminar las cinco temporadas queda la sensación de haber acompañado no solo la evolución de dos protagonistas, sino la transformación completa de un universo profesional. Pocas series recientes han retratado con semejante riqueza el funcionamiento interno de una industria mientras construyen personajes capaces de sobrevivir mucho más allá de sus profesiones. Deborah seguirá siendo recordada como una de las grandes creaciones de Jean Smart, Ava confirmó a Hannah Einbinder como una actriz extraordinaria y el resto del elenco convirtió cada aparición en una pieza indispensable de un mecanismo narrativo que rara vez pierde precisión.

La última imagen que deja Hacks no pertenece realmente al mundo del espectáculo. Pertenece a algo mucho más antiguo. Después de cinco temporadas, Deborah y Ava descubren que el mayor privilegio no consiste en llenar teatros, ganar premios o conquistar un programa de televisión. El verdadero privilegio consiste en encontrar a alguien que conozca todas nuestras miserias, todas nuestras contradicciones y todos nuestros fracasos, y que aun así siga exigiéndonos ser mejores. Muy pocas historias sobre artistas han entendido con tanta lucidez que el talento puede abrir todas las puertas del éxito, pero solo la verdad compartida entre dos personas consigue atravesar las de la soledad.

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