Pocas veces Hollywood se atreve a mirar hacia atrás para descubrir que el futuro ya estaba escrito. La nueva cinta de Christopher Nolan adapta uno de los textos fundacionales de la literatura occidental (el segundo gran poema atribuido a Homero) y lo hace sin convertirlo en una pieza de museo. El director de la aclamada trilogía de Batman comprende que los mitos sobreviven porque cambian de piel con cada época. Su Odisea es, al mismo tiempo, un péplum clásico, una película de monstruos, un relato de horror, una aventura marítima (Matt Damon hubiera sido un estupendo Aquaman) y, por momentos, un thriller de venganza que parece preguntarse qué ocurriría si John Wick hubiera nacido tres mil años antes.
Lo más inteligente de Nolan no está en adaptar La Odisea. Está en comprender que la historia de Odiseo siempre fue una película de acción esperando al director adecuado. Desde la secuencia inicial con el caballo de Troya que luego se va desarrollando a manera de flashbacks (episodio que, paradójicamente, ni siquiera pertenece a La Ilíada o a La Odisea, sino que fue desarrollado siglos después por Virgilio en La Eneida) el director establece cuál será su verdadero interés. No es la gloria de la guerra, sino el precio que pagan quienes sobreviven a ella.
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Hay algo profundamente revelador en esta decisión. Después de las críticas que recibió Oppenheimer por omitir las consecuencias humanas de Hiroshima y Nagasaki, Nolan parece responder con una película donde la guerra deja de ser estrategia para convertirse en devastación. Troya no cae como un triunfo militar. Cae como una ciudad donde mueren inocentes, desaparecen familias y donde la victoria se parece demasiado a la derrota. Más que una corrección de su filmografía se siente como un acto de conciencia.
A partir de allí, el viaje de Odiseo deja de ser únicamente el regreso a Ítaca. Se convierte en el recorrido de un hombre perseguido por las consecuencias de sus propias decisiones. Matt Damon encuentra exactamente el tono adecuado para ese héroe agotado que aprende una gran lección de humildad. Nunca intenta competir con la imagen monumental del guerrero griego; prefiere interpretar a un estratega cuya mayor batalla ocurre contra su propia culpa.
Anne Hathaway, por su parte, convierte a Penélope en mucho más que la esposa pasiva que espera. Su presencia, que evoca a la gran Irene Papas, dota de gravedad emocional su angustia y frustración. Por cierto, el reparto femenino merece un apartado propio, porque Nolan evita reducir a estas figuras a simples estaciones del viaje de Odiseo. No todas reciben el mismo desarrollo, pero cada una aporta una capa distinta al universo del relato.
Zendaya como Atenea, nos brinda una presencia serena y espectral. Nolan la convierte menos en una diosa omnipotente que en una conciencia que acompaña el viaje de Odiseo, alejándose de la representación grandilocuente. Charlize Theron encuentra en Calipso uno de los personajes más ambiguos de la película. Su mezcla de sensualidad, compasión y egoísmo convierte ese episodio en uno de los más intrigantes del recorrido, aunque pudo haberse desarrollado más (¡Son tres horas de duración!, dirán algunos).
Más problemática resulta la decisión de entregar a Lupita Nyong’o un doble papel como Helena y Clitemnestra. La actriz ofrece dos interpretaciones sólidas, pero la puesta en escena y el parecido visual entre ambos personajes terminan generando una confusión innecesaria, especialmente para quienes no dominan la mitología griega. La ambición dramática del recurso es evidente, aunque no siempre funciona con la claridad que exige una producción de esta escala. Y luego está Mia Goth. Melanto, la criada desleal, se siente desperdiciada, ya que la actriz ha demostrado que posee una capacidad extraordinaria para transformar la fragilidad en amenaza.
Entre los hombres aparecen varios secundarios memorables. Tom Holland aporta una inesperada fuerza y credibilidad al joven Telémaco; mientras que Robert Pattinson construye un Antínoo venenoso, arrogante y despreciable que evidencia la inmensa versatilidad del actor. Elliot Page, que regresa a trabajar con el director desde Inception, construye un Sinon sólido e inteligente, alejándose del simple embaucador para convertirlo en otra víctima de la lógica de la guerra; e Himesh Patel ofrece probablemente el Euríloco más competente del que se tenga memoria, funcionando como el contrapunto moral de Odiseo durante buena parte del viaje.
Jon Bernthal imprime a Menelao esa mezcla de autoridad, orgullo y agotamiento propia de un rey que ha sobrevivido demasiado tiempo al conflicto que inició todo, mientras Benny Safdie compone un Agamenón fascinante precisamente porque Nolan decide mantenerlo casi siempre oculto bajo su casco. La elección inevitablemente recuerda al Bane de Tom Hardy: Un líder cuya presencia física y vocal resulta mucho más importante que la posibilidad de contemplar plenamente su rostro. El efecto funciona sorprendentemente bien y convierte al comandante griego en una figura casi mitológica incluso antes de hablar.
Y luego aparece John Leguizamo. Su Eumeo, el fiel sirviente, posee esa humanidad que Anthony Quinn sabía imprimir a los peplums de hace décadas. Este es uno de esos personajes secundarios que recuerdan al gran cine épico de los años cincuenta y sesenta, cuando bastaban unos pocos minutos para convertir a un actor en el corazón moral de una película.
Nolan tampoco desaprovecha la dimensión fantástica del poema. Polifemo, el cruel cíclope (Bill Irwin); la hechicera Circe (Samantha Norton); Caribdis, el monstruo remolino; Escila, la serpiente de seis cabezas y las hipnóticas Sirenas dejan de ser simples criaturas mitológicas para convertirse en los protagonistas de auténticas secuencias de pesadilla. El director filma estos episodios con una tensión que recuerda más al cine de horror contemporáneo que al espectáculo fantástico tradicional. La oscuridad, el sonido y el fuera de campo construyen momentos donde el miedo resulta mucho más efectivo que cualquier exceso digital.
No se puede hablar de La Odisea sin remitirse a la estupenda banda sonora (que incluye para los créditos finales a When I’m Home, un sombrío tema del rapero Travis Scott, quien a propósito actúa como un bardo en la película). Se agradece que Ludwig Göransson entiende algo que Hans Zimmer pocas veces permitió en sus colaboraciones con Nolan: La música no necesita imponerse constantemente para resultar épica. Su partitura renuncia al gigantismo permanente y apuesta por sonidos extraños, texturas casi disonantes, percusiones trepidantes y silencios calculados que aumentan la tensión en lugar de aplastarla. El resultado acompaña la acción en vez de competir con ella, convirtiéndose en uno de los trabajos musicales más inteligentes que ha tenido el director.
También sorprende que Nolan, por primera vez en mucho tiempo, renuncie a convertir la estructura narrativa en el principal espectáculo. Aquí no hay rompecabezas temporales como Memento, The Prestige, Dunkirk o la subvalorada Tenet. La narración es esencialmente clásica, casi lineal, permitiéndose únicamente algunos desplazamientos temporales que ya pertenecían al propio poema homérico. Es una decisión sabia. Por una vez, Nolan entiende que la complejidad pertenece al personaje y no necesariamente a la estructura.
Eso no significa que la cinta no posea algunos vicios. El diálogo moderno choca ocasionalmente con el universo clásico y algunos intercambios rompen la ilusión histórica buscando acercarse al público contemporáneo. También persiste cierta tendencia del director a sobre explicar algunas emociones que la puesta en escena ya había comunicado. Y, aunque la fotografía de Hoyte van Hoytema conserva momentos deslumbrantes, en varios pasajes vuelve a aparecer esa paleta oscura y desaturada, así como algunos planos que Nolan parece incapaz de abandonar. Sin embargo, nada de ello logra disminuir el poder de una película que entiende perfectamente qué significa el entretenimiento.
Durante sus tres horas, La Odisea nunca deja de avanzar. Combina persecuciones, batallas, monstruos, tragedias familiares, horror sobrenatural y reflexión política con una naturalidad que recuerda a los grandes peplums, pero también a las películas de aventuras que Hollywood parece haber olvidado cómo hacer.
Quizá el fenómeno más curioso ocurra fuera de la pantalla. Desde el fenómeno Barbenheimer, Christopher Nolan ha alcanzado un estatus casi intocable dentro de la conversación digital. Es probable que La Odisea termine siendo víctima de ese mismo fenómeno. Para unos será automáticamente una obra maestra como sucedió con Oppenheimer (que no lo es); para otros, la reacción será desproporcionadamente adversa precisamente por el tamaño del culto que rodea al director. Ninguna de las dos posturas hace justicia a la película.
Porque aunque Nolan repite algunas de sus obsesiones visuales y narrativas. Y sigue siendo cierto que la precisión casi quirúrgica de Following y Memento continúa siendo difícil de igualar incluso por él mismo (con la excepción quizá de The Dark Knight, una de las mejores cintas de superhéroes de todos los tiempos y Dunkirk, que permanece entre las mejores películas bélicas de este siglo), sus obras más íntimas conservan una fuerza que el gigantismo presupuestal no siempre mejora. Pero también sería injusto exigirle que filmara Memento una y otra vez.
La Odisea representa otra cosa. Es la demostración de que todavía es posible realizar un espectáculo gigantesco sin renunciar a las ideas, a la literatura, a la tragedia clásica y a la inteligencia del espectador. No será la mejor película de Christopher Nolan, pero sí es una de las experiencias cinematográficas más absorbentes, ambiciosas y genuinamente entretenidas que Hollywood ha producido en muchísimo tiempo. Y en una industria cada vez más obsesionada con las franquicias vacías, hay que agradecer a los dioses.
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Algo es absolutamente cierto y es que Christopher Nolan ya encontró el lenguaje cinematográfico para Homero. Sería un desperdicio detenerse aquí. Si esta película demuestra que puede transformar un poema épico en una experiencia contemporánea sin traicionar su esencia, entonces el siguiente paso parece evidente: La Ilíada. Solo imaginar un duelo entre Héctor y Aquiles filmado por Nolan (quizá con Christian Bale y Tom Hardy enfrentándose en pantalla) basta para hacer salivar a cualquier cinéfilo.
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