Noticias Rolling Stone Magazine

Crítica: Mi pecho está lleno de centellas

El cine autobiográfico suele caminar sobre un filo peligroso. Puede convertirse en un ejercicio de exhibicionismo o, por el contrario, alcanzar una honestidad tan radical que termine hablando de todos nosotros. Lo que comienza como una película sobre una familia termina transformándose, casi frente a nuestros ojos, en el registro del nacimiento de una nueva identidad.

Durante siete años, Gal S. Castellanos filmó aquello que creía era el duelo por la muerte de su padre y el inesperado viaje de su madre a Turquía para reconstruir una vida que nunca había podido vivir plenamente. Sin embargo, mientras la película se iba armando, también lo hacía su director. La cámara terminó registrando un proceso que ninguno de los involucrados había previsto: la transición de Gal hacia su identidad transmasculina. Este es uno de esos documentales que tiene la fortuna (o el vértigo) de modificar su propio sentido mientras está siendo filmado.

Sabiamente, la cinta evita convertir la transición en un manifiesto o en un acto de explicación permanente. Su identidad aparece como una consecuencia emocional de una búsqueda mucho más profunda, que es la de comprender el origen del propio cuerpo, las herencias familiares y las formas invisibles con las que aprendemos quiénes creemos ser. La película entiende que la identidad nunca nace en el vacío; siempre dialoga con el presente y con las generaciones anteriores.

Por eso resulta tan poderosa la figura de María del Pilar. En realidad, el documental termina proponiendo dos procesos de transición igualmente revolucionarios. Mientras Gal descubre que el cuerpo que habita nunca representó plenamente quién era, su madre comprende que durante décadas tampoco había vivido para sí misma. Viuda, decide abandonar México para perseguir un amor en Turquía y, más importante aún, descubrir la posibilidad de existir sin ser únicamente esposa, madre o hija de alguien. Ambos relatos se reflejan constantemente hasta confundirse. Uno transforma el género; la otra transforma la libertad. 

La película encuentra además una hermosa metáfora en su propio título. Las “centellas” dejan de ser únicamente la referencia a la centella asiática utilizada para cicatrizar la mastectomía. Son también las pequeñas heridas que permanecen encendidas durante años hasta encontrar una forma de sanar. Cada cicatriz se convierte aquí en una cartografía emocional.

Castellanos abraza el carácter artesanal del proyecto. La película mezcla archivos familiares, grabaciones domésticas, videollamadas, fotografías, videocartas y registros capturados durante varios años. Esa heterogeneidad visual nunca se siente improvisada. Por el contrario, reproduce la manera fragmentaria en la que funciona la memoria. La edición de Andrea Rabasa logra convertir materiales muy distintos en una narración sorprendentemente orgánica, mientras la fotografía de Bruno Santamaría y el delicado trabajo sonoro privilegian siempre la intimidad sobre el espectáculo.

La voz en off no funciona únicamente como narrador, sino como la evidencia física de la transformación. Escuchar esa voz recorrer imágenes del pasado introduce una tensión profundamente cinematográfica. El presente reinterpreta constantemente el archivo, demostrando que las imágenes nunca permanecen fijas, sino que cambian junto con quien las observa.

Mi pecho está lleno de centellas nunca reduce la experiencia trans a un proceso médico ni a un discurso identitario. Habla del duelo, maternidad, expectativas familiares, el peso de la memoria, las oportunidades perdidas y del derecho, a cualquier edad, de empezar otra vida. La cinta confirma que el mejor cine documental no registra únicamente la realidad, la transforma. Y, en ocasiones extraordinarias como esta, también transforma a quien sostiene la cámara.

The post Crítica: <i>Mi pecho está lleno de centellas</i> appeared first on Rolling Stone en Español.

Enable Notifications OK No thanks