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Crítica: Remarkably Bright Creatures (Criaturas luminosas)

El personaje más sabio de Remarkably Bright Creatures vive encerrado en un tanque de cristal, tiene ocho tentáculos y apenas le queda tiempo de vida. Paradójicamente, es el único capaz de comprender que los seres humanos llevan prisiones mucho más difíciles de romper que cualquier acuario.

Basada en la novela superventas de Shelby Van Pelt, la película de Olivia Newman (Where The Crawdads Sing) podría haber sido una de tantas producciones diseñadas para arrancar lágrimas a fuerza de música melosa, coincidencias imposibles y revelaciones familiares. En buena medida lo es. El guion, escrito por Newman en compañía de John Whittington (Lego Batman, DC League Of Super Pets), rara vez esconde hacia dónde se dirige, y casi todas sus piezas encajan con una precisión tal que por momentos parece menos interesado en explorar a sus personajes que en tranquilizar al espectador con la promesa de que todo terminará exactamente como espera.

Lo sorprendente es que, aun con todas esas limitaciones, la película consigue emocionar. Gran parte del mérito pertenece a Sally Field. Hay intérpretes capaces de elevar un diálogo mediocre; Field eleva escenas enteras. Tova, una viuda que lleva décadas limpiando un acuario mientras convive silenciosamente con la pérdida de su hijo y de su esposo, nunca convierte el dolor en histrionismo. Cada gesto transmite la rutina de alguien que aprendió a sobrevivir sin permitirse volver a vivir. No necesita grandes monólogos para expresar el peso de una ausencia que lleva demasiado tiempo instalada en su vida. Basta verla caminar por los pasillos del acuario para entender que la soledad también puede adquirir una forma física.

Lewis Pullman (The Testament Of Ann Lee), encuentra un registro igualmente convincente como Cameron, un músico errante que llega al pueblo buscando respuestas sobre un padre al que nunca conoció. El personaje podría haber sido otro joven inmaduro destinado a madurar gracias a una comunidad pintoresca, pero Pullman evita el cliché gracias a una interpretación honesta, llena de inseguridades y pequeños momentos de vulnerabilidad que terminan construyendo un personaje mucho más creíble que el que propone el libreto.

Sin embargo, los verdaderos tres corazones de la película están en Marcellus. Narrado con la voz serena y melancólica de Molina, el viejo pulpo jamás funciona como un simple recurso fantástico. Es un observador paciente de la condición humana. Mientras los protagonistas esconden secretos, reprimen emociones y dejan pasar oportunidades por miedo al dolor, Marcellus contempla sus vidas con una mezcla de ironía, compasión y una inteligencia que nunca resulta condescendiente. Su presencia recuerda inevitablemente al entrañable documental My Octopus Teacher, aunque aquí el animal deja de ser objeto de observación para convertirse en narrador y motor dramático.

El principal obstáculo de Remarkably Bright Creatures está en su absoluta falta de confianza en el espectador. Cada metáfora termina explicada. Cada emoción importante encuentra una frase que la evidencia. Incluso cuando una mirada bastaría para transmitir el conflicto, el guion siente la necesidad de verbalizarlo. Olivia Newman parece temer que el silencio pueda generar incertidumbre y prefiere acompañar cada paso con música y diálogos que insisten en explicar aquello que ya habíamos comprendido.

También pesa una acumulación de lugares comunes que nunca desaparecen del todo. El pequeño pueblo costero parece construido a partir del manual del drama reconfortante con las amigas y vecinas tan encantadoras como chismosas (Joan Chen, Kathy Baker, Beth Grant, Laura Harris), los romances tardíos (representados en el dueño de la tienda interpretado por Colm Meaney y en la practicante de remo encarnada por Sofia Black-D’Elia), los secretos familiares, las segundas oportunidades y casualidades improbables que terminan enlazando la historia. La película nunca escapa por completo de esa sensación de estar siguiendo un mapa perfectamente trazado.

Pero sería injusto juzgarla únicamente por ello, porque debajo de toda esa estructura convencional existe una reflexión sincera sobre el duelo y la posibilidad de reconstruirse. No plantea que el dolor desaparezca; plantea que la vida puede volver a abrirse paso incluso cuando creemos haber cerrado definitivamente todas las puertas. Esa idea encuentra su mejor expresión en la relación entre Tova y Marcellus. Ninguno puede cambiar el pasado del otro. Lo único que hacen es acompañarse durante el tiempo que les queda. Y, a veces, eso basta.

Ashley Connor fotografía el acuario con una serenidad casi hipnótica. Los reflejos del agua, los tonos fríos y la quietud de los espacios convierten el océano en una extensión emocional de los personajes. Dickon Hinchliffe aporta una partitura elegante, aunque en más de una ocasión insiste demasiado en conducir las emociones, como si desconfiara de la fuerza que ya poseen las imágenes y las actuaciones.

Remarkably Bright Creatures nunca alcanza la profundidad emocional que promete su premisa. Es demasiado complaciente para ello y demasiado ordenada para asumir riesgos narrativos. Sin embargo, posee algo que el cine contemporáneo parece haber ido perdiendo poco a poco: una fe absoluta en la bondad como fuerza transformadora. No hay cinismo, ni ironía permanente, ni personajes que teman expresar afecto porque eso los haga parecer débiles. Es una película que cree, sin vergüenza alguna, que escuchar al otro puede cambiar una vida.

Quizá por eso termina funcionando. No porque sea impredecible ni porque reinvente el melodrama, sino porque encuentra en Sally Field y en un anciano pulpo la capacidad de recordarnos que las conexiones más improbables suelen ser también las más necesarias. Hay historias que buscan sorprender. Remarkably Bright Creatures prefiere abrazar. Y, aunque a veces apriete demasiado fuerte, cuesta no devolverle el gesto.

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