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Crítica: Su propio infierno (Her Private Hell)

Hubo un momento en que Nicolas Winding Refn entendía como pocos el poder de los grandes géneros cinematográficos. La trilogía Pusher reinventó el cine de gánsteres europeo desde una crudeza casi documental; Bronson convirtió el biopic criminal en una explosión de teatralidad salvaje; Drive transformó el neo noir y el thriller de atracos en una violenta historia de amor silenciosa donde cada plano respiraba elegancia; y Only God Forgives, tan incomprendida en su estreno, encontraba bajo su violencia ritual una tragedia sobre la culpa, la maternidad y la imposibilidad de escapar del pecado. Todas esas películas compartían una virtud esencial. Detrás de su extraordinario estilo siempre existía un relato que avanzaba, personajes que electrizaban y conflictos capaces de sostener el artificio visual.

Algo empezó a romperse con The Neon Demon. A partir de entonces, Refn dejó de utilizar la estética para potenciar sus historias y comenzó a construir historias cuya única función parecía justificar la estética. La imagen dejó de servir al relato. El relato empezó a servir a la imagen. La miniserie Copenhagen Cowboy consiguió equilibrar parcialmente esa deriva gracias a una protagonista magnética y a un universo que, pese a su carácter onírico y superheroico, seguía obedeciendo ciertas reglas internas. Allí todavía existía tensión, una búsqueda, una heroína que avanzaba entre la oscuridad como si fuera una versión lisérgica de Ms. Marvel. Pero ahora, Her Private Hell rompe definitivamente ese equilibrio y lleva esa tendencia hasta un punto donde el cine narrativo prácticamente desaparece.

Sobre el papel, la historia parece esconder una fábula oscura. Elle (Sophie Thatcher) regresa al gigantesco Tower Hotel para reencontrarse con Johnny Thunders (Dougray Scott), un padre cuya presencia parece gobernar todo ese universo decadente. Allí convive con su madrastra Dominique (Havana Rose Liu), con la provocadora Hunter (Kristine Froseth) y con Nico (Diego Calva), mientras todos viven bajo la amenaza de una figura conocida como Leather Man, una criatura que parece escapar del infierno para asesinar mujeres, arrancarles el pecho y exigirles que pronuncien la palabra “Daddy” antes de morir. 

Paralelamente, en otra línea temporal o quizás en otra dimensión, aparece Private K (Charles Melton), un soldado estadounidense perteneciente al Japón de la posguerra que atraviesa una especie de inframundo buscando a su hija desaparecida. Ambas historias parecen destinadas a encontrarse dentro de una mitología donde el pecado, el deseo, la culpa y la violencia dialogan constantemente, aunque Refn nunca termina de establecer las reglas que conectan esos mundos. Hay referencias al cuento de hadas, al cine negro, al terror, al melodrama, al ciberpunk, al manga, al giallo italiano y a la mitología clásica. El problema es que ninguna de esas ideas termina convirtiéndose en una historia.

Los personajes no evolucionan. No toman decisiones que alteren el rumbo del relato. Se desplazan de un escenario a otro, pronuncian frases deliberadamente enigmáticas, desaparecen durante largos periodos y vuelven a surgir como si pertenecieran a otra película. Refn parece confiar en que la acumulación de símbolos terminará produciendo significado por simple insistencia. Nunca ocurre.

El director vuelve a poblar la pantalla con todo aquello que ya forma parte de su imaginario. Mujeres de una belleza casi irreal caminando entre hoteles monumentales, figuras vestidas de cuero negro, luces de neón rojas, violetas y azules, habitaciones doradas, habitaciones vacías, cuerpos heridos, ojos arrancados, manos mutiladas, deseos prohibidos, insinuaciones de incesto, violencia ritual y silencios interminables. El problema no reside en esos elementos. Muchos de ellos aparecían también en Drive, Only God Forgives o inclusive en  The Neon Demon (una cinta muchísimo mejor que esta). La diferencia es que antes estaban integrados en una narración. Aquí permanecen suspendidos como piezas de museo esperando que el espectador construya una película que nunca termina de existir.

Hay algo profundamente paradójico en esta deriva. Mientras más sofisticadas se vuelven las imágenes de Refn, menos vida contienen. Durante la última década el director ha desarrollado una intensa carrera realizando campañas para firmas de lujo, y esa experiencia parece haber contaminado su lenguaje cinematográfico. Her Private Hell no parece una película dirigida por un realizador que también filma comerciales. Parece una sucesión de comerciales de perfume intentando disfrazarse de largometraje. Cada encuadre posee una elegancia impecable. Cada textura está cuidadosamente diseñada. Cada vestido, cada sombra y cada movimiento de cámara revelan un control absoluto de la composición. Sin embargo, cuando una escena concluye resulta inevitable hacerse una pregunta: ¿qué cambió? La respuesta, casi siempre, es la misma: absolutamente nada.

Por momentos la película recuerda al fallido New Rose Hotel de Abel Ferrara y a Sucker Punch, la pretenciosa fábula con heroínas surrealistas de Zack Snyder. Las tres comparten la ambición de construir un universo donde el noir, el ciberpunk, la ciencia ficción y el erotismo convivan bajo una misma lógica onírica. Y las tres terminaron atrapadas en un espacio donde la atmósfera reemplaza al drama y donde el misterio deja de producir fascinación para convertirse en simple ausencia de información. 

Además, Refn parece invocar constantemente el espíritu de David Lynch, pero olvida un detalle fundamental. Incluso las películas más desconcertantes de Lynch poseen personajes cuyo dolor resulta profundamente reconocible. Bajo toda la extrañeza de Mulholland Drive, Lost Highway o Twin Peaks siempre latió una emoción concreta. En Her Private Hell predominan las superficies.

La comparación con Copenhagen Cowboy tampoco favorece a la película. Allí Refn jugaba con la iconografía superheroica desde una sensibilidad cercana al manga, al comic book estadounidense y europeo y al cuento popular. Miu recorría aquel universo como una fuerza sobrenatural cuya presencia modificaba la realidad. Elle, en cambio, permanece atrapada en una indefinición permanente. Sophie Thatcher entrega una interpretación físicamente magnética, llena de presencia y misterio, pero el guion nunca le concede un personaje completo. Parece una mezcla entre Barbarella, Alicia atravesando un sueño febril y una modelo escapada de una campaña de Gucci o Yves Saint Laurent. La belleza del concepto jamás encuentra una identidad dramática.

Charles Melton aporta gravedad a Private K y Dougray Scott consigue imprimir cierta decadencia trágica a Johnny Thunders, mientras Havana Rose Liu, Kristine Froseth y Diego Calva hacen todo lo posible por dotar de personalidad a figuras concebidas más como arquetipos que como seres humanos. Ninguno fracasa por falta de talento. Fracasan porque la película nunca les permite existir fuera del enorme dispositivo simbólico diseñado por Refn.

El único elemento que consigue atravesar esa barrera es la extraordinaria música de Pino Donaggio. Su partitura recuerda constantemente por qué sigue siendo uno de los grandes compositores del cine contemporáneo. Cada tema parece contener la emoción que las imágenes buscan desesperadamente sin alcanzarla nunca. Más que acompañar la película, Donaggio la sostiene. Gracias a él, muchas escenas adquieren una intensidad que el montaje, los diálogos y la narración son incapaces de generar por sí solos. Su trabajo termina siendo el verdadero corazón de una obra que, paradójicamente, parece haber olvidado que el corazón siempre debe pertenecer a los personajes.

Resulta inevitable pensar en otros cineastas recientes que, seducidos por la libertad absoluta, terminaron alejándose del equilibrio entre forma y contenido. Julia Ducournau perdió el control de su propio universo con la horripilante Alpha. Francis Ford Coppola convirtió Megalopolis en un manifiesto tan grandilocuente como errático. Refn se suma ahora a esa lista con una película que parece convencida de que la belleza basta para sustituir la narración. No basta.

Existe una enorme diferencia entre hacer cine surrealista y renunciar a contar una historia. Luis Buñuel, David Lynch o Alejandro Jodorowsky jamás abandonaron el conflicto dramático. Lo transformaron. Refn, en cambio, parece haber decidido prescindir de él.

Her Private Hell posee la elegancia de una pasarela, el brillo de un escaparate de lujo y la perfección técnica de una campaña internacional de artículos de lujo. Todo luce extraordinario. Todo está cuidadosamente iluminado. Todo parece diseñado para hipnotizar. Pero detrás de esa superficie apenas queda un eco lejano del director que alguna vez convirtió el cine de género en una experiencia feroz, eléctrica e inolvidable. Hoy sus imágenes siguen siendo bellas. Lo que ha desaparecido es aquello que antes las hacía imprescindibles.

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