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Crítica: Turbulencia en la oficina (Office Romance)

Existe una razón por la que las grandes comedias románticas sobreviven al paso del tiempo. No es porque reinventen el amor, sino porque reinventan la manera de contarlo. When Harry Met Sally, Sleepless in Seattle, Forget Paris, Notting Hill o Bridget Jones’s Diary parten de estructuras conocidas, pero encuentran personajes, diálogos y conflictos capaces de hacernos olvidar que ya conocemos el destino de la historia. La sorpresa nunca está en el qué, sino en el cómo. Office Romance parece no haber entendido esa lección.

Sobre el papel, la idea resulta atractiva. Jackie Cruz (Jennifer Lopez) dirige una poderosa aerolínea con una política de tolerancia cero frente a las relaciones sentimentales entre empleados. Todo cambia cuando llega Daniel Blanchflower (Brett Goldstein), el nuevo abogado de la compañía, cuya presencia convierte esa norma en el primer obstáculo para un romance inevitable. El conflicto está servido. El problema es que la película jamás encuentra una sola manera interesante de desarrollarlo.

El primer síntoma aparece apenas los protagonistas se conocen. Entre ellos no existe absolutamente ninguna química. Jennifer Lopez hace exactamente la misma interpretación elegante, inaccesible y controladora que lleva ofreciendo desde hace años en buena parte de sus comedias románticas, mientras Brett Goldstein parece caminar durante toda la película intentando decidir si sigue interpretando a Roy Kent o si realmente quiere convertirse en un galán clásico. Nunca termina de escoger ninguno de los dos caminos. El resultado es una pareja que jamás convence. Y una comedia romántica sin una pareja creíble es como una película de tiburones sin tiburón.

El mayor problema, sin embargo, no son ellos. Es el guion. Goldstein, junto a Joe Kelly, construye una historia que parece escrita siguiendo un manual de lugares comunes. No existe una sola sorpresa narrativa. Cada conflicto aparece exactamente cuando el espectador espera que aparezca y se resuelve exactamente como cualquiera podría anticiparlo veinte minutos antes.

La película intenta compensar esa falta de imaginación recurriendo constantemente a un humor adulto basado en palabrotas, chistes sexuales y situaciones deliberadamente incómodas, confundiendo irreverencia con comicidad. Hablar constantemente de masturbación, erecciones, penes o utilizar insultos cada pocos minutos no convierte automáticamente una escena en divertida. Solo evidencia la desesperación del libreto por provocar una risa que nunca llega. Y cuando no apuesta por el humor, apuesta por el humor grotesco.

Hay una secuencia de un parto mostrada con un nivel de detalle completamente fuera de tono para el tipo de película que pretende ser. No resulta transgresora ni especialmente audaz. Solo genera la incómoda sensación de estar viendo dos películas distintas chocando entre sí. Algo parecido ocurre con Lizzy, el extravagante personaje interpretado por Jodie Whittaker (la hermana de Daniel que se encuentra en prisión), cuya aparición parece pertenecer a otra historia completamente diferente. Lo más frustrante es comprobar la enorme cantidad de talento desperdiciado.

Jennifer Lopez ha demostrado en películas como Out of Sight, Hustlers, El cantante o Selena que posee mucho más registro del que normalmente le permiten explotar estas producciones. Brett Goldstein es uno de los grandes descubrimientos recientes de la televisión gracias a Ted Lasso y Shrinking, y Betty Gilpin (Glow, Nurse Jackie)  lleva años confirmándose como una de las actrices más inteligentes de su generación y aquí, curiosamente, termina robándose cada escena en la que aparece gracias a un sarcasmo que la película nunca desarrolla del todo. Edward James Olmos y Bradley Whitford apenas sobreviven convertidos en funciones narrativas, mientras que Tony Hale de Arrested Development entra y sale del relato como si hubiera aterrizado desde otra comedia, al igual que los respetados Tony Plana y Roger Bart.

Ol Parker tampoco consigue aportar personalidad detrás de la cámara. Ya había demostrado en la divertida Ticket to Paradise cierta tendencia a convertir paisajes paradisíacos en escenarios románticos, pero aquí la cosa no funciona. La República Dominicana luce hermosa. Jennifer Lopez luce impecable. Los aviones privados, las oficinas de lujo y los hoteles cinco estrellas parecen salidos de un catálogo turístico. Pero todo eso resulta completamente irrelevante cuando los personajes nunca parecen personas reales.

Quizá el mayor pecado de Office Romance sea precisamente ese: la indiferencia. Ni emociona, ni divierte, ni escandaliza. Simplemente transcurre. Incluso cuando intenta introducir conflictos corporativos, secretos familiares o dilemas laborales, todo termina reducido a una sucesión de escenas intercambiables que podrían pertenecer a cualquier otra comedia romántica producida por Netflix durante los últimos cinco años.

Existe además una paradoja bastante reveladora. La película insiste una y otra vez en que una relación sentimental dentro de una empresa representa un enorme riesgo profesional, pero jamás consigue que el espectador crea que la carrera de ninguno de los personajes corre verdadero peligro. El conflicto principal nunca tiene peso dramático y, por tanto, tampoco tiene consecuencias emocionales. Las buenas comedias románticas hacen que deseemos desesperadamente que dos personas terminen juntas.

Office Romance consigue exactamente lo contrario: uno termina deseando que ambos vuelvan cuanto antes a sus respectivas oficinas… y que la película también lo haga. Porque el mayor romance aquí no es entre Jackie y Daniel. Es entre Netflix y la peligrosa idea de que cualquier algoritmo puede fabricar una historia de amor. 

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